La vida en “mute”

Hasta hoy, la única referencia sobre población sorda en España la aporta la Encuesta del Instituto Nacional de Estadística (Encuesta INE, 2000), que cifra la población con discapacidad auditiva en torno al millón de personas.

Soy sorda oficialmente desde el 2012. Necesito audífonos para oír con normalidad  desde hace cinco años y el ruido – los buses, la gente hablando en las cafeterías, los coches, las obras –sigue pareciendo molesto. Hoy, 3 de diciembre, día mundial de las personas con discapacidad, el equipo Littera desea acercar a los lectores la realidad de las personas con discapacidad auditiva; para ello hablaré desde la experiencia, tanto la mía propia como la de Javier Costas, Pablo Luengo y Alba Muñiz, quien además tiene movilidad reducida causada por negligencia médica que le provocó la falta de oxigeno.

La detección de la discapacidad auditiva en el caso de Javier fue a una edad temprana, sus padres se dieron cuenta desde un primer momento de que algo no iba bien, no respondía a sus órdenes, no hablaba y no se inmutaba ante ruidos fuertes. A los dos años fue implantado en la CUN (Clínica Universitaria de Navarra). En el caso de Alba fue detectada por su madre, a quien, a diferencia de su padre, no oía bien dado a que no respondía cuando hablaba. Esto ocurría debido al distinto tono de voz que ambos poseían; a los cinco años llevó sus primeros audífonos.

A Pablo y a mí nos detectaron la hipoacusia más adelante –durante vida escolar–. A Pablo se le advirtió en los primeros cursos de primaria, etapa educativa en que las actividades requieren mayor atención y escucha, además de interacción social. Empezaron a notar que no se enteraba de gran cosa –a pesar de que se las había apañado sorprendentemente bien para aprender a leer y escribir rápidamente–. Apenas oía las palabras de la profesora y casi siempre solía estar aislado. Fueron los problemas escolares lo que llevaron a sus padres a hacerle pruebas, y a los ocho años recibió sus primero audífonos. En mi caso fue en los primeros años de la ESO, me resultaba complicado entender las lenguas extranjeras y habitualmente no me enteraba cuando mandaban deberes para casa. Comencé a llevar audífonos a los catorce.

Notar que existen problemas auditivos es relativamente fácil, que estos sean diagnosticados oficialmente por un medico es más complicado. Si bien yo pensaba que había tenido mala suerte, cuando tras ir al otorrino lo primero que me dijeron es que mis oídos estaban bien, que era yo quien ignoraba a mis profesores en clase… me equivocaba. Pablo recibió palabras similares en las que insinuaban que todo era cuento. Alba y Javier necesitaron salir de Asturias para que su perdida auditiva fuera confirmada, porque no la percibían. Hoy todos estamos diagnosticados con diferentes tipos de sordera.

Es, una vez detectada la sordera, donde comienza la experiencia y esta se desarrolla principalmente en el instituto –lugar en el que hace relativamente poco nos encontrábamos–. Ni Javier ni yo hemos tenido experiencias negativas. Nos hemos encontrado con un profesorado que ha estado pendiente de nosotros, nos ha respaldado –tanto en la ESO, como en el bachiller y en la universidad– y prestado ayuda cuando la hemos necesitado. No obstante no siempre es así: con Alba el profesorado no colaboró y tuvo que apoyarse en profesores particulares y en sus padres. Pablo por su parte se encontró con maestros poco comprensivos y pacientes que convirtieron sus primeros dos años de primaria en un cúmulo de nervios, vómitos y miedo a ir a clase. Esta desagradable experiencia llevo a que sus padres lo cambiasen de centro; a partir de este momento la experiencia mejora un poco con parte del profesorado que llegan a prestarle más atención y le  hablaban de forma más clara además de incluirle siempre en clases de apoyo.

Las problemas en clase son similares para todos, hay dificultades para seguir bien el ritmo de una conversación en grupo –ya que al hablar todos a la vez las voces se mezclan y resultan difíciles de entender–. La perdida de información en clase –que puede ocurrir porque el profesor hable demasiado rápido, demasiado bajo, o porque esté a espaldas nuestras…– o la dificultad para entender a los profesores cuando hablan compañeros de clase. Existen ayudas, en caso de Javier para seguir una clase puede usar la Frecuencia Modulada (FM) –la transmisión es la de una radio, el profesor lleva un micro y tú lo escuchas directamente en el implante o el audífono–.

En las actividades extraescolares –por llamarlas de algún modo– hay que avisar de que llevamos aparato, en mi caso al hacer deporte de contacto para que mis compañeros tengan cuidado a la hora de golpear en la cabeza. Los deportes acuáticos resultan muy complicados, ya que  al carecer de audición debes que estar pendiente  visualmente. Alba, que realiza canto desde los doce, debió buscar una profesora que estuviera dispuesta a darle clases y la encontró –Ruth Suarez–, gracias a ella  y a su propio trabajo ha conseguido cantar junto a Bustamante e incluso causar interés en artistas como Manuel Carrasco o Sergio Dalma.

El día a día es igual –para todos– que  el de cualquier otra persona, en caso de que no funcione el audífono lo primero que tiene que hacer es ir al servicio técnico independientemente de lo que tenga que hacer. Nos encontramos molestias menores como que se acabe la pila en medio de una conversación y tener que parar para cambiarla, o la limpieza del audífono, que a veces al llenarse de cera puede verse disminuido el  volumen. En el caso de Javier –quien lleva implante coclear– implica no oír mientras duerme o mientras se ducha y no enterarse de nada en ambientes ruidosos. Yo tengo que admitir que, al tener poca tolerancia con el ruido, suelo ir siempre con música por la calle y en los transportes.

Socializar es la parte más ardua, ya que como bien dice la frase: “los ciegos se aíslan de las cosas, pero los sordos se aíslan de las personas”. Javier apunta que se nos es más difícil comunicarnos con los demás, ya que necesitamos entender perfectamente lo que nos están diciendo y cómo expresarnos correctamente; esto, al no conseguirse resulta ser la razón por la que se tiende a ser más desconfiados con la sociedad, pero en su caso lo que tiene que hacer es olvidarse de los complejos y lanzarse sin miedo ninguno hacia el ambiente que le rodea. Para Alba no ha sido fácil relacionarse con gente y señala que a veces la sociedad no sabe comunicarse con nosotros o simplemente no le interesa. Pablo, quien por naturaleza es introvertido, ha tenido que lidiar con un trato diferente por parte de los demás niños y adolescentes, los cuales respondieron bien a las diferencias. Afirma que no hay dificultad a parte del hecho que hay que tener paciencia, no siempre se oye bien a la primera cuando susurran, o la forma de hablar de la persona no es muy fácil de procesar. Por mi parte, no oír bien –sumado a mi poca habilidad para relacionarme–  me lleva a una fácil abstracción de la realidad, y como consecuencia a estar en una burbuja de la que me cuesta salir.

¿Si pudiéramos elegiríamos nacer con audición? Tenemos respuestas diferente. A mí y a Javier nos da igual. Si por una parte a él no le acompleja su handicap, yo aún tengo cierta duda antes de decir que poseo discapacidad auditiva, pero la tengo lo suficiente aceptada como para ahora renunciar a ella. Es parte de mí, y gracias a ella puedo estar abstraída cuando estoy realizando alguna pintura o dibujo. Ambos concordamos que, si bien se han presentado obstáculos, también múltiples ventajas. Alba apunta que nacer con audición facilitaría la relación con el resto de las personas además de evitar la constante repetición de lo que le dicen –acción que suele facilitar el rechazo social–, y Pablo, si bien optaría oír bien para no tener que estar pendiente de los audífonos, la sordera no le incomoda a excepción de cuando esta lleva a las personas a tratarle de forma diferente y no siempre correcta. Gracias a ella puede dormir profundamente y casi nada le molesta desde el momento en que se quita los audífonos.

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3 comentarios en “La vida en “mute”

  1. Muy interesante el post. El detalle de tener que cambiar la pila en mitad de una conversación me recordó a la película española Kiki, el amor se hace, en el que se da la situación. La chica en cuestión está conociendo a un chico y a mitad de la conversación se le acaba la pila y tiene que ir a cambiarla. Al final ( medio spoiler/poco importante) conoce a un chico mudo cuya situación parecida parece unirles. Es importante recalcar lo importante que me parece el apollo mutuo de la gente que más te va a entender que son quienes pasan por lo mismo. Extrapolable a otros ámbitos de la vida.

    Saludos.

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