Ciencia ficción histórica

A menudo se nos escapa hasta qué punto puede llegar a ser la literatura un reflejo histórico. Nos choca más aún cuando la trama se sitúa entre naves espaciales y galaxias lejanas. Pero ¿y si descubriéramos que la ciencia ficción tiene una base mucho más realista de lo apreciable a simple vista?

Isaac Asimov seguramente sea una de las figuras más representativas de este género, cuya obra merece la pena analizar desde un punto de vista más profundo, para llegar hasta un trasfondo con fuertes bases filosóficas y una concepción histórica completamente empirista.

La Serie de la Fundación explica la caída de un gran Imperio Galáctico y la posterior época oscura con luchas entre diferentes reinos fragmentados. A pesar de encontrarnos con planetas perdidos y energía atómica, el esqueleto de la narración se fundamenta nada más y nada menos que en la caída del Imperio Romano de Occidente, en declive debido a la corrupción, el estancamiento y un periodo de ineficiencia política, financiera y cultural; lo cual provoca el alzamiento de los pueblos bárbaros.

El autor de origen ruso trata de explicar en su universo cuáles son los motivos por los que desaparece un gran imperio, cuyo final, siempre resulta inevitable. En resumidas cuentas, el argumento de la obra es el siguiente: Hari Seldon, un genio matemático, predice la caída del Imperio Galáctico y la llegada de un periodo de barbarie. Sin embargo, con el fin de acortar dicha época marcada por la inestabilidad política y la división de los pueblos, elabora un plan para intentar reducir el lapso de tiempo antes de la llegada de un segundo imperio que vuelva a unificar la galaxia.

El primer impulso ante semejante pronóstico es el de preservar a toda costa el conocimiento. El pasado, sin duda, tiene mucho que enseñarnos, pero el problema surge cuando reducimos la realidad en su totalidad al saber de generaciones previas, lo cual lleva irremediablemente al inmovilismo e imposibilita el progreso y el desarrollo.

“Siempre han confiado en la autoridad o en el pasado, nunca en sí mismos.”

Uno de los aspectos más destacados de esta obra es sin duda su profundo análisis acerca del cambio de pensamiento a lo largo del amplio periodo de tiempo en el que se desarrolla. Por consiguiente, se hacen necesarias nuevas formas de gobierno que se adapten a cada nueva condición.

Acostumbramos a decir que la historia es un ciclo, que inevitablemente se repite. Tal vez Asimov se basó en ese aforismo tan racionalista para crear el concepto de psicohistoria. La psicohistoria consistiría en una ciencia a través de la cual, sería posible predecir matemáticamente el comportamiento humano. Se basa en la suposición de que cada individuo aislado mantiene una conducta que no se puede prever, pero, sin embargo, la psicología de masas sí resulta predecible. Por lo tanto, serían las masas, y no el individuo, las que determinarían el curso de la historia.

Llegados a cierto punto de la narración, nos encontramos con que la Fundación, con base en el planeta Términus, es militarmente inferior a los reinos que la rodean, pero sin embargo posee tecnología superior al resto de potencias. Parece que ha llegado entonces la primera de las crisis. ¿Cómo hacerse con una situación privilegiada que permita el control de los lugares vecinos? A través de la creación de una nueva religión. La fe siempre ha servido para explicar los fenómenos que el hombre no entiende, y dado que los planetas vecinos desconocen la tecnología de la Fundación, el culto resulta el elemento de control social idóneo.

Muchos años después, tiene lugar una nueva crisis, a medida que el papel de la religión va perdiendo peso. En este caso, la Fundación es capaz de mantener su posición de supremacía a través del comercio. Esto forma una élite de comerciantes que poseen el monopolio en exportaciones de tecnología superior a otros planetas, lo cual conduce a una plutocracia, en la que el poder queda en manos de los ricos.

Parece que el curso lineal de la historia de esta trilogía va a estar claro: una sucesión interminable de crisis, resueltas mediante un nuevo sistema de gobierno o un cambio económico. Las fuentes filosóficas a las que alude con esta idea en su obra son numerosas. Por un lado, podríamos establecer relación con el mito de las Edades de Hesíodo, que trata de explicar las épocas históricas como un proceso de generación y degeneración. También encontramos ideas ya expuestas por el presocrático Heráclito, que mantiene que el fundamento de todo es el cambio incesante, la transformación continua, nacimiento y destrucción. Del mismo modo, Karl Marx expone una idea similar hablando de diferentes modos de producción, donde las crisis van a sucederse inevitablemente, permitiendo así el avance de la historia.

Sin embargo, Asimov no quiso resultarle al lector tan predecible como el transcurso de la historia, e introduce una figura que da al traste con su planteamiento anterior. El Mulo, un mutante capaz de manipular las emociones, que no tarda en hacerse con amplios poderes.

El plan Seldon tenía pues, un fallo, así como el racionalismo. Como se explica antes, la psicohistoria podía pronosticar el comportamiento de las masas, pero, ¿qué pasaría si de repente nos encontráramos con un solo individuo que actuara de un modo que la historia no haya conseguido prever y se saliera de los esquemas generales de actuación? Supongo que el comportamiento humano, a pesar de presentar patrones que se repiten una y otra vez, también puede acarrear sorpresas.

Acostumbramos a pensar que una sola persona no puede cambiar el mundo; que, como los personajes de esta novela, nos sostenemos sobre leyes férreas, sobre una sociedad cuidadosamente estructurada y cuyas fracturas, se arreglan con el tiempo. Nos consolamos diciéndonos que nada se puede hacer; que, como los habitantes de la Fundación, pertenecemos a un plan mucho mayor, que cualquier actuación del individuo, a nivel global, es meramente insignificante. Probablemente sea cierto. Pero quizá un día los cimientos flaqueen, los pronósticos fallen, la realidad guarde acaso algún secreto que los antepasados no nos han contado. Y quizá ese día, como creía Asimov, no nos quede más remedio que volvernos empiristas, comprobar las cosas por nosotros mismos, y, quién sabe, escribir un nuevo capítulo nunca leído en el libro de nuestra historia.

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