De autor a protagonista: cuando tu vida se convierte en una de tus novelas

Las desapariciones de personas son un fenómeno atemporal que afecta a la sociedad indistintamente de su posición, nacionalidad o credo. Incluso en la actualidad se sigue dando este fenómeno a pesar de que estamos conectados, localizados y constantemente informados con un solo click.

Harold Holt, ex ministro australiano, desapareció en 1967 mientras se daba un baño en el mar; el explorador Roald Amundsen también desapareció en 1928 durante un accidente aéreo mientras sobrevolaba el Ártico en una misión de rescate de un compañero; el asesino Béla Kiss lo hizo en 1916 cuando se descubrieron en su vivienda particular bidones en los que escondía cadáveres de mujeres… A lo largo de la historia han desaparecido infinidad de figuras destacadas —y otras tantas anónimas— como Espartaco o el emperador Valente, pero ¿qué hay de los escritores?

Este oficio no iba a quedar exento del fenómeno. Solomon Northup, autor de 12 años de esclavitud, despareció en 1857 tras impartir una charla en Canadá en el transcurso de una gira de promoción su novela. Se conjetura sobre si podría haber sido raptado de nuevo como esclavo. Joshua Slocum, escritor estadounidense y capitán de barco, desapareció en 1909 mientras exploraba el Orinoco a causa de un supuesto abordaje de su nave que nunca ha sido confirmado. Amelia Earthart, pilota y escritora estadounidense que además fue la primera mujer en intentar dar la vuelta al mundo, desapareció en 1937, junto con su compañero de vuelo, precisamente mientras realizaba su empresa de dar la vuelta al mundo. No se encontraron restos ni de la nave ni de los cuerpos. Antoine de Saint Exupéry, autor de El Principito, desapareció en 1944 mientras realizaba un vuelo de reconocimiento para las tropas francesas. En 2008, un ex piloto de la aviación alemana confesó que él lo había derribado.

Estas desapariciones —y otras— han ocurrido, en su mayoría, de forma involuntaria, y sus causas, así como sus desenlaces, a día de hoy siguen siendo un misterio.

Caso a parte es la desaparición del militar, periodista y novelista estadounidense Ambrose Bierce, que se adentró en el México revolucionario de 1913 con el único propósito de morir de la manera que creía más digna.

Ah, ser un gringo en México; eso es eutanasia.

A propósito de su desaparición se presentan múltiples teorías, y la única certeza existente es que a los setenta y un años de edad Bierce se encontraba abatido, tanto por su enfermedad como por sus experiencias vitales, pero era incapaz de dejarse morir y escribió a sus allegados diciendo que se marchaba a México con un propósito claro, pero sin determinar cuál. Lo que se dice que ocurrió después son puras conjeturas.

Ambrose Gwinett Bierce nació en 1842 dentro de una familia numerosa sustentada únicamente por su madre. No tardó en ganarse el mote de Bitter Bierce, pues fue, de todos los hermanos, el que más desarrolló el agrio carácter de su padre, un hombre taciturno y arisco que solo disfrutaba de la compañía de sus libros. Ya sus primeras coordenadas biográficas parecen sacadas de una de sus novelas: sus padres escogieron para los trece hermanos distintos nombres con un denominador común, la vocal ‘a’ como inicial; uno de sus hermanos se fugó para convertirse en forzudo de circo y una de sus hermanas se marchó como misionera, donde fue devorada por caníbales africanos. Él se enroló en el ejercito, pero su trayectoria militar fue más bien accidentada. Fue expulsado hasta que, durante la Guerra de Secesión (1861-1865), participó voluntariamente como cartógrafo y combatiente en el ejército de Ohio. En esa misma guerra resultó herido, pero no se rindió y siguió intentando ascender dentro del sistema militar. Tras finalizar la guerra, vio que sus esfuerzos no le estaban reportando ningún beneficio, por lo que finalmente abandonó.

De las armas se pasó a las letras, llegando a dirigir algunos periódicos. En sus cuentos y novelas encontramos un sinfín de referencias biográficas, pero su sustento económico fue exclusivamente el periodismo, oficio en el que se ganó bastantes enemigos. Bierce criticaba en sus artículos todos los aspectos de la cotidianidad estadounidense, así como las figuras que lo protagonizaban. De los tres hijos que tuvo, sobrevivió a los dos varones, uno que murió a consecuencia de su alcoholismo, y el otro se suicidó. Su hija no tarda en alejarse de él, no solo por culparle de la muerte de sus hermanos, sino también porque tenía miedo de ser objeto de crítica para sus columnas.

En este punto, nos encontramos a un Bierce de setenta y un años, enfermo de asma y achacado por sus accidentes bélicos, solo, cansado, abatido. Decidió entonces poner en orden sus asuntos y emprender un viaje por los distintos puntos geográficos en los que había combatido. Este viaje estaba motivado por su temor a morir de viejo, enfermo o a causa de un accidente doméstico, más que por la nostalgia que esos lugares le reportarían.

En noviembre de 1913, habiendo dejado en herencia a su hija el mausoleo que poseía en California porque sabía que no sería enterrado allí, escribió una última carta que terminaba así:

“Trenes llenos de tropas salen de Chihuahua diariamente. Espero ir el día que viene a Ojinaga en tren.  Si oyes que me pusieron contra una pared de piedra mexicana y me hicieron harapos a tiros, toma nota de que pienso que es una buena manera de partir de esta vida, mucho mejor que morir de viejo, de enfermedad o caer de las escaleras del ático. Ser gringo en México, ¡ah!, eso es eutanasia.”

México por aquel entonces estaba dividido en dos debido a la creciente amenaza de la cultura anglosajona de los Estados Unidos: el México más interno, puro, fiel defensor de sus costumbres y su cultura, y el México fronterizo, caracterizado por una modernización artificial que intentaban reproducir de sus lindantes vecinos, los estadounidenses. En 1910 había estallado la revolución mexicana para acabar con el gobierno de Porfirio Díaz.

Una vida tan pintoresca como la de Ambrose no podía caer en el olvido, por lo que Carlos Fuentes se encargó de llevar esta novelesca biografía a la ficción en 1985 con Gringo Viejo, y más tarde, en 1989, Luis Puenzo la adaptó a la gran pantalla. Existe una controversia sobre si la película es anterior al libro ya que algunos hechos apuntan a que podían haberse comenzado a escribir —el guion y la novela— al mismo tiempo, pero, de ser esto así, la obra de Fuentes se publicó con anterioridad.

En Gringo Viejo de Carlos Fuentes el autor parte de la historia de la desaparición de Ambrose Bierce, sin revelar su nombre hasta el final, para tratar temas como el origen y la búsqueda de la identidad (la identidad del General Arroyo, del propio Gringo y de Harriet), la posesión de la tierra, la paternidad, la palabra escrita y la palabra hablada y su importancia vista desde dos personajes opuestos, el escritor culto y el general analfabeto… Además, incorpora a su narración fragmentos de obras del propio Ambrose, que tenían un sustrato biográfico, haciendo de esta forma más verosímil la novela.

Es una obra en la que se aprecia claramente la perspectiva bicultural, gracias al personaje de Harriet, una joven estadounidense que viaja desde Boston para enseñar inglés a los hijos de los Miranda, terratenientes de la hacienda en la que se desarrolla la obra; y al personaje de Arroyo, un general revolucionario al mando de Villa, hijo bastardo del terrateniente Miranda que sufre un conflicto interno al pasar por la hacienda en el progreso de la revolución. Libra dos contiendas a la vez: la revolución mexicana por un lado, y una guerra interna entre sus raíces y lo que quiere ser. Se enfrentan entonces, además de civilización y barbarie, caciquismo y revolución, vida y muerte, libertad y esclavitud (voluntaria e involuntaria)…

Los cambios en los personajes de Harriet y el Gringo se dan desde el principio de la novela, que deciden romper con lo establecido y cambiar de país buscándose a sí mismos, así como provocando su propio destino; pero el cambio en Arroyo no llega hasta los últimos capítulos, cuando el Gringo, cuya única misión al viajar a México era morir, quema los papeles que, según el general, eran la única prueba de que la tierra le pertenecía. Arroyo dispara al Gringo, cumpliendo la misión de Ambrose de morirse y rompiendo sus barreras mentales al librarse de lo único que le ataba ya a la hacienda.

Los dos personajes foráneos viajaron a México buscando libertad: el Gringo la libertad por medio de la muerte y Harriet por medio del conocimiento. A su vez, el Gringo le da a Harriet la libertad que ella necesitaba al representar una figura paterna para ella. Arroyo le da al Gringo su libertad al acabar con su vida, y al mismo tiempo, el Gringo le da libertad al general Arroyo al destruir los papeles que le ataban a pesar de no saber leerlos. Arroyo y Harriet también se dan simultáneamente libertad, ella al darle la posibilidad de disfrutar de las relaciones sexuales sin temor a ser castigado por expresar su placer, y él al demostrarle a ella que no había nada de malo en el amor. Tenemos entonces en Gringo Viejo un triángulo de personajes que se autocompletan, que representan en sí mismos los rasgos característicos de sus países, géneros y clases sociales y que en su interacción acaban por tumbar todos esos clichés.

Pero Carlos Fuentes no fue el único que trató el tema de la desaparición de Ambrose Bierce. Un tema que presenta teorías tan dispares que es difícil llevar a cabo una amalgama de ellas. Si atendemos al conjunto de críticos que teorizan sobre su desaparición, Bierce se las apañó para terminar con su vida más de una decena de veces y por motivos que difieren mucho entre sí.

Una de las teorías menos respaldadas apunta a que Bierce falleció mientras visitaba los lugares por los que había luchado en su época en el ejército; otros afirman, por medio de testigos presenciales, que Bierce fue fusilado por los federales en el paredón y que no dejó de reírse mientras lo ejecutaban; hay quien asegura que la relación entre Bierce y el general Villa no era buena, por lo que le echó del país e hizo que dos hombres le siguieran para matarle tras cruzar la frontera de México; los más románticos testifican haberle visto haciendo vida ociosa en distintos puntos geográficos de Europa; en el Bulletin de San Francisco, que también recogió su historia, el cronista confirma que se había alistado, junto con el cámara Edmundo Melero, a las tropas revolucionarias, pero que acabaron apresados y sus destinos tomaron caminos separados, aunque también declara que esa es la historia que “alguien” le había contado en un bar; otros afirman que, efectivamente, se alistó a las tropas revolucionarias y fue asesinado dos semanas después en la batalla de Ojinaga; por su parte, el escritor Sibley Morril estaba seguro de que Bierce había cruzado México para llegar a Honduras y allí robar la calavera de cristal, con la que estaba obsesionado; el testimonio más fiable debería ser el de su biógrafo, Roy Morris Jr., y este relata que Bierce nunca cruzó la frontera, o la cruzó dos veces, y se suicidó en un punto del Gran Cañón del Colorado, donde nadie pudiera encontrarlo, de un disparo en la cabeza; y hay quien incluso opta por pensar que Ambrose Bierce nunca existió.
Si atendemos a la razón, y nos creemos la versión de su biógrafo, Roy Morris Jr., nos damos de bruces contra el final más decepcionante de todos, y si, como yo, queréis defender la leyenda de Bierce escogiendo el final que más os guste, os daré un motivo para echar por tierra el testimonio de Roy: la maleta de Bierce, con apenas un par de libros escritos por él mismo, papel y bolígrafo, fue encontrada a una distancia considerablemente cercana de la frontera mexicana.

Una posibilidad que no ha sido contemplada por ningún crítico, pero que daría el perfecto broche final a las coordenadas biográficas tan novelescas de Bitter Bierce, es que el propio autor se plagiara de sus novelas para decidir cómo sería su muerte, inspirándose en el cuento “La dificultad de cruzar un campo”, recogido en su libro El clan de los parricidas y otras historias macabras. En dicho cuento, el colono Williamson, se despide de su mujer y se dirige por el llano al lugar en el que pastan unos caballos que debían ser enviados ese mismo día. Envío que, sin especificación alguna, no podrá realizarse a tiempo. Por el camino, se encuentra con un vecino que vuelve a la hacienda en un coche de caballos junto a su hijo y se saludan con el sombrero. Segundos después, el hijo del vecino le pregunta a su padre por el paradero del señor Williamson, que ha desaparecido incomprensiblemente. Se inicia aquí una búsqueda en la que ni su familia, ni los vecinos, ni los criados, ni los cuatreros encuentran ningún indicio de lo que ha podido suceder. Simplemente se había esfumado.

Este cuento de Bierce pudo o no vaticinar su propio final, pero lo que si hizo fue inspirar otras leyendas urbanas, como la de la desaparición de David Lang de Gallatin, ciudadano de Tennessee, en las mismas condiciones que el personaje de Williamson. La historia fue investigada y en el censo del año 1880 se descubrió que no habían existido ni los Lang, ni su granja, ni los supuestos testigos.

Años más tarde, cinco exactamente, se publicó en el New York Sun un artículo sobre la desaparición de Isaac Martin en Virginia al salir de trabajar del campo por un fenómeno de succión, sin testigos. La inexistencia de testigos y las similitudes de la historia con el cuento de Bierce apuntan a que esta historia también fue una leyenda urbana.

De entre todas las desapariciones de personas en el ámbito literario, quizá la de Ambrose Bierce sea la que levante más incógnitas, convirtiendo a este amargo periodista en una leyenda urbana. Y aunque todos los cabos sueltos que nos deja esta desaparición son dignos de una novela de suspense, se corresponden con las coordenadas biográficas de una persona de verdad. Un hijo, un padre, un periodista, un autor que se convirtió en protagonista. Ojalá las desapariciones sin resolver existieran solo en la ficción propia de las novelas.

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