Sonetos del amor oscuro

Prodigio de pasión, de entusiasmo, de felicidad, de tormento, puro y ardiente monumento al amor, en que la primera materia es ya la carne, el corazón, el alma del poeta en trance de destrucción.

Con estas palabras describe Vicente Aleixandre a la última obra poética de Federico García Lorca, que no vio la luz hasta 1983 de forma furtiva. El poemario sería divulgado clandestinamente por una fuente anónima que, enfrentándose a los deseos de la familia, repartió una tirada de ejemplares entre unos pocos afortunados.

La respuesta ante este atrevido suceso llegó meses más tarde, en marzo de 1984. Por medio del ABC, los herederos de poeta granadino publicaron la obra oficialmente. La diferencia sería un cambio de titulo –Sonetos de amor– que buscaba ahuyentar toda referencia a la homosexualidad del poeta granadino, condición que fue difícil de aceptar para los hermanos del mismo y que convertirían en tabú. Un intento absurdo si tenemos en cuenta que ya en el primer cuarteto del primer poema nos encontramos un “tú” masculino, dejando ver que el poeta no buscaba ocultar su orientación sexual.

La obra expresa el temor ante la posible perdida del amado, la dificultad y frustración de mantener un amor furtivo, y el sufrimiento cuando su compañero no le entiende. El responsable de estos sentimientos fue un secreto que mantuvieron firmemente los amigos cercanos al poeta, fieles a la promesa de no revelar la identidad el mismo.

Tanto Ian Gibson como otros grandes estudiosos de la vida del poeta apuestan en que la musa inspiradora de estos sonetos no era otro que Rafael Rodríguez Rapún –o Tres Erres para Federico–, a quien conoce durante su estancia en La Barraca, donde colabora como actor. Catorce años menor que el poeta, Rafael queda embelesado por la forma de ser de Federico y desarrolla con él un trato íntimo en medio de la actividad de La Barraca.

Federico y Rafael R. Rapún, en Madrid, en 1935. Fundación Federico García Lorca.

La relación estaría llena de altibajos, debido a que Rapún gustaba también de las mujeres como un niño de un caramelo, algo que hiere hondamente a Lorca y que, junto con las idas y venidas del joven Rafael, son probablemente las causas del tormento expresado en los Sonetos del amor oscuro.

Rafael Rapún moriría el 18 de agosto de 1937, un año más tarde que Federico. Relata María Teresa de Leon en Memorias de Melancolía, que la muerte del poeta había afectado profundamente a Rafael y que probablemente el dolor causado por su pérdida le motiva a alistarse al ejercito y morir en el frente del norte.

No es sin embargo Rafael Rodríguez Rapún el único candidato para ser el destinatario de los sonetos, hay quienes se aventuran a señalar Juan Ramírez de Lucas –crítico del ABC–, quien de joven fue elegido por Cipriano Rivas Cherif para interpretar al Joven de Doña Rosita la Soltera. Si bien al final sería rechazado por Lorca, ya que consideraba a Juan Ramírez era demasiado atractivo para encarnar al Joven –personaje de la obra–, mantendría con él una relación secreta que se supone causaría en él los pesares plasmados en los Sonetos.

Sea quién sea el destinatario de la obra, el poeta granadino deja ver claramente que los poemas se encuentran dirigidos a un hombre. A pesar de esto, algunos académicos han preferido ignorar la posición de la sexualidad de Federico en esta obra, mientras que otros han optado por sugerir que la orientación sexual del poeta se no se veía relacionada con su creatividad artística. Fernando Lázaro Carreter expresaba, por ejemplo, que el adjetivo “oscuro” tan presente en los poemas hace referencia al “ímpetu indomable y a los martirios ciegos del amor, a su poder para encender cuerpos y almas, y abrazarlos como hogueras que se queman y destruyen en su propio ardimiento […]”

Ya se lo decía Aleixandre en su momento al poeta Jose Luis Cano:

Lo curioso es cómo en todos los artículos que acompañan a los sonetos se evita cuidadosamente la palabra homosexual, aunque se aluda a ello, pues nadie ignora que esos sonetos no están dedicados a una mujer. Se ve que todavía esa es una palabras tabú en España, en ciertos medios, como si el confesarlo fuese un descrédito para el poeta.

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Federico García Lorca en una audición en Radio Stentor durante su estancia en Buenos Aires en 1933. EFE.
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