Enseñando a los adultos a querer como niños

Todo lector que se precie ha oído hablar alguna vez de El Principito. Sin embargo, ante una obra de tanto renombre uno puede esperar encontrarse con una complicada historia o una larga narración. Todo lo contrario: un libro corto, de lenguaje sencillo, pero ¿qué lo hace tan especial? A menudo se recomienda su lectura a una temprana edad y, no obstante, aunque su protagonista sea ese niño tan peculiar perdido por planetas, ahí radica el verdadero mensaje de la obra: ¿qué es lo que puede enseñarnos un niño?

A medida que crecemos, olvidamos valores de los que ni siquiera éramos conscientes durante la infancia pero que, sin embargo, estaban ahí. Lo que intenta Antoine de Saint-Exupéry es llevarnos de vuelta, evocar un encuentro con nuestro yo de cuando éramos niños que, quién sabe, tal vez tenga algunos buenos consejos que el mundo adulto nos hace tan a menudo pasar por alto.

Para el autor, los años no sirven para abrir la mente, sino más bien todo lo contrario. Vivimos en una sociedad que cada día se centra más en la productividad y el funcionalismo en lugar del desarrollo de la imaginación. Por lo tanto, en contra de lo que podamos pensar, tal vez nos volvamos más cerrados e inmovilistas con el tiempo, viendo siempre en el famoso dibujo que el explorador realizó de niño, un sombrero, cuando bien podría haber sido una serpiente comiéndose a un elefante. Lo que verdaderamente se busca es que vayamos más allá de lo que parece lógico o evidente a primera vista. Existen variables infinitas para quien está dispuesto a buscarlas en lugar de quedarse con lo ya preestablecido.

Si analizamos un poco a los personajes con los que se encontraba el Principito en sus viajes por otros planetas, no tardamos en darnos cuenta de que existe una crítica a ciertos arquetipos de personas, cuáles son los objetivos que persiguen en sus vidas y dónde les llevan éstos. El Principito rara vez entiende las ambiciones o preocupaciones de esos adultos, que vistas desde los ojos de un niño, no tienen razón de ser. A mí me llevan a pensar que, tal vez, el pensamiento de un artista y el de un niño, no sean tan diferentes.

Personas que renuncian a vivir experiencias porque se consideran a sí mismos demasiado serias para ellas, personas preocupadas por enriquecerse, aunque no tengan nada más que dinero, personas cuyo mayor anhelo es gobernar, aun cuando carecen de súbditos. Unas que tan solo quieren ser admiradas, sin importar que los demás les den aplausos vacíos, otras que dedican su vida a seguir órdenes o hacer aquello que se les dice sin plantearse el porqué de sus actuaciones. Todas ellas son juzgadas con gran escepticismo por nuestro protagonista, de emociones mucho más sencillas, y tal vez precisamente por eso, de algún modo más reales.

Pero nosotros, que comprendemos la vida, nos burlamos de los números.

Incluso un libro aparentemente tan sencillo puede esconder historias de amor, como la del Principito y la rosa. Ella es un ser orgulloso, que no está dispuesta admitir nunca lo que siente, más bien siempre dice lo contrario a lo que de verdad quiere. En esta parte se expresa una idea importante: que a menudo, las verdaderas muestras de afecto se realizan mediante acciones, sin que debamos hacer tanto caso a las palabras. Y aun con todo, que tal vez el amor no sea otra cosa que desearle a otra persona que, allá en el planeta en el que se encuentre, sea feliz.

Otro personaje, el del zorro, tiene mucho que enseñar acerca del significado de la amistad. Es algo que no nos viene regalado, ni se produce de repente. Poco a poco, se construye cierta confianza y quizá, cada día conozcas un poco mejor a la otra persona.

El Principito acaba recordándonos lo que el tiempo se encarga de borrar. Que lo que hace algo especial es aquello que esconde, que somos responsables de aquellas personas a las que decidimos querer, que nunca estamos contentos en el lugar en el que nos encontramos y aun con todo siempre volvemos allí donde sentimos que hemos dejado una parte de nosotros.

Tal vez hayamos olvidado el valor real de las cosas y, simplemente, concedamos una importancia desmesurada a cuestiones que no la tienen. ¿Qué hay debajo de esa capa impermeable de realidad?

Lo esencial es invisible a los ojos.

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