El blockbuster actual y la fiebre de la “secuelitis”

Cuando Tiburón, de Steven Spielberg, fue estrenada en 1975, no tardaría mucho en convertirse en la película más taquillera de la historia hasta el momento con una recaudación de más de 400 millones de dólares. Entre las claves de su éxito se encuentra su campaña publicitaria: 1,8 millones de dólares fueron empleados a la hora de promocionar este filme, con un presupuesto para los anuncios de televisión de 700.000 $ nunca antes visto a los cuales acompañaron una enorme cantidad de productos de merchandising: camisetas, juguetes, disfraces, una reedición del libro en el que estaba inspirada… Tal vez todo esto no nos sea ajeno en la actualidad, pero este tipo de estrategia comercial era totalmente nueva en los setenta. Más de uno debió fijarse también en la fecha de lanzamiento del filme: 20 de junio, a solo un día del verano, lo cual, sin duda, ayudó a que a un mayor público le fuese posible acudir al cine.

Fue así como nació la filosofía del blockbuster: crear películas con el mayor presupuesto posible buscando el mayor beneficio posible, con llamativas campañas publicitarias, tramas simples y disfrutables, y fechas de estreno que asegurasen la mayor asistencia posible a los cines. Después de Tiburón, podemos destacar Star Wars: una Nueva Esperanza (1977), que no tardaría en robar a la primera el título de película más taquillera. A partir de aquí aparecerían cada año nuevas superproducciones, representantes del llamado “cine palomitero”, convirtiéndose algunas en una gran parte de la cultura popular: Parque Jurásico, Los Goonies, Regreso al futuro, Indiana Jones… El cine de verano se convertiría así en la cara más visible de Hollywood.

En el rodaje de ‘Star Wars: Una nueva esperanza’, 1977. ©Lucasfilm Ltd.

El blockbuster, sin embargo, no tardó en chocar con la crítica: siendo un modelo comercial hasta la médula, que buscaba una audiencia lo más grande posible, tendía a poner la integridad artística a un lado si con eso lograba satisfacer al público general. No se les podía exigir una trama ni una temática demasiado complejas, lejos de la comprensión del espectador medio, y esto llevó a muchas superproducciones a estancarse en “fórmulas para el éxito”: personajes unidimensionales con los que el mayor número de personas posible pudiese identificarse, tramas lineales y predecibles, gran tendencia a los efectos especiales, la acción y el espectáculo vacío… La crítica fue muchas veces enemiga de la mentalidad blockbuster, y desde su aparición la mayoría de los analistas del medio han parecido mostrar preferencia por un cine de autor, más íntimo.

Al ser largometrajes por lo general formulaicos, siempre fueron comunes las sagas y remakes en el mundo de las superproducciones: la mayoría de títulos mencionados en este artículo recibieron más de dos secuelas, destacando Star Wars con siete películas a su espalda, además de numerosos spin-offs tanto dentro como fuera del medio. Pero eso no es lo que vengo a discutir, sino una tendencia que he podido observar en los últimos años que ha llevado al cine de masas a caer aún más bajo: no contentas con sujetar sus películas a los mismos clichés y fórmulas que hacen que siempre nos dejen un regusto similar, ahora las productoras tratan al público como un montón de ancianitos nostálgicos, trayéndonos las mismas películas que les dieron beneficios décadas atrás.

En el rodaje de ‘Regreso al futuro II’, 1989. ©Universal Pictures.

Observando la cartelera de los tres últimos años, podemos encontrar, junto con las sagas habituales y los siempre en expansión universos cinematográficos de Marvel y DC, más de una treintena de remakes o continuaciones de obras con más de una década de antigüedad. Podemos destacar Trainspotting 2, Jurassic World, Zoolander 2, Point Break, Poltergeist, Cazafantasmas, Blair Witch y Star Wars: El despertar de la Fuerza, entre otros. A estos podemos sumar las versiones live action que Disney ha estado produciendo de sus antiguos clásicos animados (La bella y la bestia, Cenicienta, El libro de la selva), continuaciones de remakes que ya habían aparecido con anterioridad (Tortugas ninja 2: fuera de las sombras, Alicia a través del espejo, Star Trek: Beyond), y largometrajes basados en antiguas series (Power Rangers, Baywatch).

Personalmente aprecio la innovación en el medio y me molesta tener que ver la misma película año tras año. Tal vez haya quien piense que el que no sea capaz de apreciarlas se deba a que yo no soy fan de estas franquicias, y tendrían razón: la nostalgia apenas tiene efecto en mí, valoro estas obras por sí mismas. No me opongo frontalmente a los remakes: algunos, como el de Mad Max, me parecen buenas películas que traen nuevas ideas a su franquicia. Lo que no puedo justificar es que la gente detrás de estos largometrajes descuide su trabajo, dependiendo únicamente del nombre famoso que los acompañan: este podría ser el caso de Independence Day 2, uno de los mayores festivales de clichés que he presenciado nunca. Por desgracia, esta es ahora la tendencia, y la mayoría de relanzamientos que he podido ver eran de una calidad más bien dudosa.

En el rodaje de ‘Transformers: El último caballero’, 2017. ©Paramount Pictures.

Una gran parte de estas películas siguen recaudando una gran suma de dinero, pero no suelen ser del gusto de la crítica y no gozan del triunfo que tuvieron en su momento los antecesores de las mismas. No imagino a la gente recordando dentro de dos décadas Blair Witch como se hace hoy día con la primera obra de la saga. Las productoras deben comprender que la razón por la que tantos títulos pasaron a la memoria colectiva es porque fueron innovadores en su momento: nunca lograrán replicar su impacto haciendo lo mismo que sus antecesores.

¿Qué supone esto para el futuro del blockbuster? Lucas y Spielberg, pioneros del mismo, predijeron en 2013 que el público terminaría por cansarse del cine de masas. Las salas se harán más grandes, pero el público más pequeño: las entradas empezarán a engordar su precio, convirtiéndose en algo a la altura de un concierto o un partido de fútbol, y la mayoría de obras comenzarán a desplazarse a los servicios VOD. Parecen haber acertado hasta el momento, con un incremento gradual en el coste de las salas de cine que cada vez más gente parece denunciar y el éxito cada vez mayor de servicios online como Netflix ¿Significará esto a la larga la muerte de las superproducciones y el regreso a un cine más personal? Solo el tiempo lo dirá.

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