Mis veinte segundos de coraje irracional

Todos tenemos una historia que debe ser contada, y guardamos un secreto del que nadie sabe nada.

A lo largo de los años me he ido dando cuenta de que cuando una persona alardea de sus posesiones, nunca añade los recuerdos a esa lista de tesoros que ha ido acumulando a lo largo de su vida, a pesar de que estos, junto con nuestros valores, nuestras ideas y nuestras experiencias, son nuestra pertenencia de mayor valía.

Por tanto, podemos ver la esencia de una persona como una composición a base de oxígeno, carbono, hidrógeno, nitrógeno, calcio y fósforo -en su mayoría en forma de agua; o como una composición de sus experiencias, ideas, valores y recuerdos, que son lo que, junto con su educación, le habrán hecho ser quien es.

Si nos basamos en esta segunda manera de ver el interior de una persona -que es personalmente la que más me gusta- para conocerla podemos presentir cómo es quedándonos en lo superficial de su apariencia, por lo que publica en sus redes sociales, por lo que la sociedad opina sobre ella… o, incluso, podríamos inventarnos cómo es. Pero lo cierto es que nunca se llega a conocer del todo a nadie, porque como decía Nach “todos guardamos un secreto del que nadie sabe nada”.

A pesar de esto, aún nos queda por conocer esa “historia que debe ser contada”, y quién sabe si formar parte de ella también. Es curioso que conozcamos la historia de los protagonistas de los libros que leemos, de las series o películas que vemos o de las canciones que escuchamos, de los famosos, de los deportistas, o incluso del vecino, pero no de las personas con las que compartimos la vida, como son nuestros familiares, amigos o compañeros sentimentales.

Apuntaba antes que la mejor manera de conocer a alguien era a través de su historia e incluso que puede que dejarnos formar parte de ella sea el mejor regalo que esa persona puede hacernos; pero lo que sí es verdad es que de lo único de lo que nos vamos a arrepentir cuando esa persona fallezca es de no haber formado parte de su historia de manera más activa, o de no habernos sentado a escucharla.

La manera más directa de conocer la historia de alguien no es otra que preguntándole. Tal vez, la manera más rápida sea a través de una entrevista. Ya sea directa o indirectamente. Haciendo preguntas abiertas o cerradas. Buscando en sus respuestas lo que nosotros queremos encontrar o tomándonoslas al pie de la letra. Para hacernos esta tarea más sencilla, el psicólogo Arthur Aron ideó en los años 90 un cuestionario formado por 36 preguntas capaces de generar tanta confianza entre dos desconocidos que, como consecuencia última, podrían acabar enamorándose. De manera gradual, las preguntas del Doctor Aron ayudaban a dos desconocidos a abrirse sin pudor y hablar sobre sus inquietudes, sus recuerdos, sus valores…

Decía el Principito que los adultos nos quedamos en lo superficial de las personas, preguntándoles sobre aspectos triviales como su edad o su profesión. Así que ya sea con las preguntas del Doctor Aron o con otras de nuestra propia cosecha, profundicemos, preguntemos, conozcamos, ¡compartamos!

De esto mismo va StoryCorps, de preguntar desde el corazón, de conocer las historias de las personas que nos rodean y de guardarlas para la posteridad (¡lo que hubiera dado yo por poder conocer la historia de mis antepasados!).

StoryCorps nace de la mano de Dave Isay en 2003, quien colocó una modesta cabina en una estación concurrida de Nueva York en la que mantener una pequeña pero profunda y significativa conversación. Un pequeño oasis en el que atreverse a preguntar aquello que nunca hemos preguntado, en el que atreverse a agradecer aquello que nunca hemos agradecido… Isay no estaba seguro de si su proyecto iba a llegar a buen puerto, pero confió en la bondad de las personas y ahora podemos encontrar una de sus casetas en la mayoría de los estados de Estados Unidos, pero no conformándose con eso, StoryCorps desarrolló una aplicación para poder escuchar, compartir y conservar las historias de toda la humanidad.

Ira Byock, que trabajó durante unos años en StoryCorps como “facilitador”, ayudando a hacer fluir las conversaciones entre las personas que entraban en su caseta, concluyó posteriormente en su libro Las cuatro cosas que más importan, que lo que uno quiere decir a las personas más importantes de su vida antes de morir se resume en: gracias, te quiero, perdóname, te perdono. Pero en las cabinas de StoryCorps no se escuchan solo estas palabras. En las cabinas de StoryCorps se conoce, se comprende, se empatiza y se crece con la historia de otra persona.

Nadie mejor que el propio Dave Isay para explicar la esencia de StoryCorps en su TedTalk Todos en tu entorno tienen historias que el mundo necesita oír.

Sea donde sea y siguiendo un método u otro, a veces solo necesitamos veinte segundos de coraje irracional para preguntar aquello que nunca nos hemos atrevido a preguntar, o para decir aquello que nunca hemos dicho. Animándote a buscar los tuyos, plasmo aquí los míos:

Mamá, gracias por cortarte las alas cuando te estaban empezando a crecer y utilizarlas para construir las mías el doble de grandes. Siento haber cortado tu gran vuelo, pero gracias por hacer el mío superlativo.
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