Del papel a la gran pantalla

Es un camino arduo y complicado, sin duda, el que recorre una historia, desde que surge como una mera idea, hasta que se transforma en algo completamente tangible. Por qué no, en una película que podamos contemplar en el cine. Si algo mágico tiene el arte, es que es capaz de crear cosas nuevas, pero ¿hasta qué punto puede llegar a ser complicado este proceso?

Si bien la industria del cine español ha tenido cierto resurgir en los últimos años con la aparición de nuevos talentos, sigue necesitando, como todas las artes, ese apoyo que poco a poco ha pasado al olvido. La mayor parte de las veces por cuestión económica, porque se requiere una gran inversión no solo de tiempo, sino también de dinero para que un proyecto salga adelante.

Todo autor aparece con ganas de narrar unos hechos, lo cual se manifiesta en ese momento con la redacción de un guion. El guionista ha escrito su relato, ha dado vida a su propio mundo, ha imaginado los escenarios y ha caracterizado a cada uno de los personajes, con sus virtudes y defectos. Tenemos una trama trepidante, un trasfondo psicológico, tal vez, por qué no, hasta un buen romance. ¿Y ahora qué?

Pocos son los festivales de cine, por no decir que resultan prácticamente inexistentes, que centren la atención sobre el guion literario o simplemente, decidan que, como producto en bruto, es merecedor de algún premio. Que busquen encontrar el embrión del proyecto, sin que aún se le haya dado vida. La representación escrita, perdida por numerosos papeles, a la espera de ser leída y finalmente, representada y producida. Que nadie piense que el origen es lo único que importa, pues no es más que un comienzo, así como tampoco podemos centrar la atención únicamente en el resultado final. El problema surge cuando el desprestigio del primero imposibilita completamente la aparición del segundo.

Los grandes festivales contemplarán un cortometraje o una gran producción, y si les ha gustado el diálogo, tal vez premien su guion. Del resultado final, deciden reconstruir su particular genealogía. Eso sí, no están dispuestos a leer secuencias, a maravillarse con el hecho de que cada movimiento, cada mirada o silencio, estaban planeados al milímetro.

En estos casos, el guionista se encuentra contra la pared, sabiendo que ha creado algo nuevo, bueno y lleno de energía, pero como él apenas entiende de cámaras y más bien ha consagrado su vida a la escritura, necesitará inmediatamente una figura clave: la del director. Puede resultar, no obstante, que dicho guionista tenga la suerte, no solo de saber escribir, sino además la determinación de dirigir su propia película. Y sin embargo, se encuentre con que su trabajo queda olvidado en una estantería, no por falta de ganas, sino más bien por ausencia de medios.

La situación descrita es tan común que podríamos, en un ataque de escepticismo, decir que tal vez, el argumento no era lo suficientemente bueno. Pero, ¿cuántas obras, en potencia de convertirse en algo mayor, se quedaron a medio camino del éxito?

Sin ir más lejos, este podría haber sido el caso de Raúl Arévalo. Tras un recorrido significativo como actor, al igual que muchos, decidió que tenía el deseo de contar algo nuevo, de inventar, por qué no, su propia historia. En ese momento, junto con el psicólogo David Pulido, comienza a gestarse Tarde para la ira. Nada más y nada menos que ocho años hicieron falta para que pudiéramos ver el largometraje llevado a la pantalla, pues no fue hasta la aparición en escena de la productora Beatriz Bodegas, que se decidió poner fin a aquella larga espera. No por falta de talento, como pudimos comprobar al ver el pasado febrero, que la ópera prima de este director se llevaba cuatro Goyas. Aun cuando uno ha recorrido su carrera en torno al cine, parece que cuesta que una productora se decante por tu película, cuando puede hacerlo por la de un director más consagrado, que le da cierta seguridad a la hora de invertir su dinero, aunque solo sea porque sabe que el nombre resulta más conocido a su público.

¿Nos estamos volviendo tan conservadores que no permitimos la renovación del arte, o es que, en el fondo, ni siquiera los que formamos parte de ese mundo, pensamos que sea una industria que dé dinero? ¿Nos hemos adaptado al hecho de que el mundo del cine sea tan elitista sin tratar de hacer nada al respecto?

Un caso similar lo encontramos en Daniel Guzmán, quien a pesar de que resultó galardonado en los Goya en 2016, tuvo que ser simultáneamente el productor y director de su propia película, A cambio de nada, mientras daba forma a un guion que tardó en escribirse seis años.

Parece que queda claro que se trata de un sector en el que cada uno tiene que buscarse las habichuelas, aunque haya que empezar por montar tu propuesta con cuatro amigos y subirla a YouTube. No es de extrañar, que actores cansados de esperar llamadas que no llegan, decidan pasar a trabajar detrás de la pantalla. Sin embargo, vemos que desde el otro lado, las cosas no nos ofrecen una mejor perspectiva, pues hace falta mucho trabajo y como no, un importante factor, la caprichosa suerte, para que finalmente se logre producir el guion.

Finalmente, pongámonos en la tesitura de que hemos seguido todos los pasos previos. Por fin, esa idea que nos asaltó una noche justo cuando estábamos a punto de dormir, se ha materializado en algo que está ahí. No obstante, cuando uno tiene su proyecto acabado, se da cuenta de que sus peripecias no han hecho más que empezar. No sorprende, por lo tanto, que muchos directores se decanten pon el cortometraje. Pues, como me dijo un compañero, viajan más. Tienen una mayor visibilidad, numerosos festivales en los que poder hacerse un hueco y lo más importante, que al fin y al cabo ha sido el motivo de cualquier producción, mayor oportunidad de mostrarse al público. Si creías que al acabar tu película las carteleras iban a abrirse para ti, y más tratándose de cine español, piénsalo dos veces.

Como en todo trabajo, pienso que no se valora lo suficiente el proceso de elaboración. Vivimos en tiempos tan extremadamente funcionales que hemos olvidado por completo el agente para centrarnos únicamente en el resultado final. Lo cual, si bien llega a una búsqueda de lo práctico, también nos hace perder los matices que han hecho que el arte sea como es. Tal vez, en este caso, debiéramos permitirnos mirar hacia atrás.

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