Oscar Wilde y la belleza del relativismo

Si ha existido una obra en la historia de la literatura consagrada a explorar el concepto de belleza, esa ha sido sin duda El retrato de Dorian Gray, publicada a finales del siglo XIX por el irlandés Oscar Wilde.

Sin embargo, belleza no implica necesariamente bondad, y su autor sigue esta línea para apelar a nuestro lado más cínico a que desarrolle una moral alternativa a la aprobada por la mayoría, para que saquemos nuestro lado de relativistas. ¿Y si lo eterno fuera precisamente aquello que dura un instante? ¿Y si los amores superficiales viviesen para siempre y los grandes romances se vieran consumidos por su propio fuego? ¿Y si las palabras fueran más reales que la verdad que esconden detrás?

Su obra es un elogio a las pasiones y al poder tan misterioso y atrayente de las tentaciones. En ella se desarrolla una idea interesante y peligrosa. Hemos caído en la necesidad un tanto hipócrita de obtener la aceptación de los demás, de imponernos las normas de conducta acatadas por la mayoría sin dedicarles ni un instante de duda, sin tener ningún tipo de valores que nos ayuden a filtrar lo que nosotros mismos consideramos como bueno. A lo mejor el error que ha cometido la humanidad es tratar de suprimir por completo el deseo, en lugar de amoldarse a él.

La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella. Si se resiste, el alma enferma, anhelando lo que ella misma se ha prohibido, deseando lo que sus leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegal.

Tal vez las personas seamos víctimas irremediables de nuestros caprichos. No en vano se dice que siempre queremos lo que no podemos tener. Como no nos permitimos satisfacer esos anhelos, las ganas de haberlo hecho nos consumen por dentro. Puede que haya una falta de aceptación al respecto, que no podamos huir de nuestra propia imperfección. Para Wilde, la bondad y los defectos son las dos caras de una misma moneda, no podemos suprimir completamente una de las dos, sino que tenemos que encontrar cierto equilibrio entre ambas.

Ahora la pregunta es: ¿es el individuo capaz de elaborar su propio código moral sin que éste interfiera con el del resto? Probablemente no, porque siempre estará atado a un entorno social, pero, ¿y si nos encontráramos personajes que prescinden completamente de este lazo?  Descubrimos en la novela a individuos con una idea de bien que rompe completamente con la ética propia de la sociedad británica de la época, lo que causa rechazo, y a la vez cierta admiración. Huir de la moderación, sinónimo de mediocridad; encontrar la eterna juventud volviendo a caer en los errores del pasado, que el mayor placer sea ese que nos deja insatisfechos o desprendernos completamente de la experiencia y abrirnos a todas las posibilidades que nos ofrece el empirismo, son algunas de las ideas con las que nos sorprende el autor.

Una cosa es clara: Wilde prescinde completamente de la opinión de la mayoría y dota al individuo de toda la libertad y también la responsabilidad que conlleva vivir acorde con sus propias ideas. De este modo, el sujeto abandona siempre cualquier tipo de remordimiento, pues somete sus acciones únicamente a su propio juicio, nunca al de los demás. Todo puede ser virtud o todo puede ser pecado, dependiendo de las palabras que usemos para justificarlo. Dejan de existir realidades que sean color blanco o negro, olvidamos los límites para adentrarnos en el terreno farragoso de los matices, donde los argumentos guardan en su condición caótica toda su belleza.

En cuanto a la idea de arte, podemos observar cierta crítica a que el autor refleje demasiado de sí mismo en su obra. Se busca un concepto más abstracto y deshumanizado, y es aquí donde el escritor simpatiza con el formalismo que comienza a gestarse en la época y con la idea del arte por el arte.

Vivimos en unos tiempos en los que el hombre trata el arte como si fuese una forma de autobiografía. Hemos perdido el sentido abstracto de la belleza.

Por último, la obra trata de romper con el pasado, pues nada bueno queda en el recuerdo de lo que pudo haber sido, y sin embargo, este se empeña en perseguirnos, atándonos a nuestra propia historia, negándonos la posibilidad de ser libres.

Una novela que tiene, sin duda, mucho matiz filosófico y nos invita a dejarnos llevar por nuestros propios caprichos, pues de otro modo nos estaríamos resignando a perder una parte de nosotros mismos.

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