‘Por trece razones’, víctimas de la red social

Explicar por qué Netflix acaba de renovar la serie Por treces razones es fácil: ha resultado ser una de las series del año y su éxito ha sido atronador; ahora, explicar por qué ha sido una de las series del año y por qué su éxito ha sido atronador me resulta casi imposible, porque, queridos amigos… Por treces razones no es una buena serie y, a pesar de sus buenas ideas y mejores intenciones, patina en casi todo lo que intenta.

De entrada, la serie, que cuenta la historia de una chica de 17 años que se suicida y deja unas cintas en las que graba las razones y señala a los responsables de su decisión, plantea un concepto relativamente original y un formato narrativo basado en dos líneas cronológicas que convergen repetidamente a lo largo de toda la trama. Hasta aquí, todo bien: el formato resulta fresco y atractivo, e incluso me atrevería a decir que este, junto con su trabajo técnico, su música y otros elementos referentes a la propia producción, es el punto más fuerte de Por trece razones, porque además de resultar atractivo, funciona, que al final es lo que importa.

Imagen: Netflix

Más allá de esto, los conflictos narrativos que se van dando a lo largo de la serie casi siempre están mal desarrollados, mal rematados o se antojan poco consistentes, dando la impresión de que la historia está sujeta con pinzas en demasiadas ocasiones y haciendo que la serie se vuelva poco creíble en momentos que necesita ser verosímil y contundente. Cuando tratas temas como el suicidio de una chica de 17 años o el acoso escolar, y te metes en la vida de unos personajes que prácticamente son niños, hay que tener cuidado de no traspasar la fina línea que separa lo trascendente de lo frívolo, y me temo que en más de una ocasión Por trece razones la traspasa, por ejemplo, tratando de vender como bullying cosas que no lo son. No todo en un instituto es bullying, algunas de esas experiencias solo son una extrapolación de la vida real a la vida adolescente, que no siempre es tan fácil como nos gustaría o como pudiera parecer.

Tampoco ayuda la excesiva extensión de la serie. Llenar trece capítulos de casi una hora es una tarea muy complicada, y cuando no tienes material suficiente para hacerlo, te pasa lo que le pasa a Por trece razones, que resulta que tienes que repetir una y otra vez las mismas situaciones y los mismos conflictos, y al final te queda algo previsible y repetitivo que no justifica la inversión de trece horas de tu vida para ver algo que te podían haber contado en ocho de una forma mucho más eficaz y concreta, sin tener que recurrir a clichés manidos y a innecesarios y machacones diálogos que de ingeniosos que pretenden ser, se vuelven cargantes y cansinos.

Imagen: Netflix

Los personajes, protagonistas de las infames cintas, no terminan tampoco de estar bien perfilados –en su mayoría al menos–, a causa sin duda del oportunismo de unos guionistas que, sin mostrar respeto alguno por el decoro de sus creaciones, cuando les conviene los presentan como unos ingenuos e irresponsables adolescentes descerebrados, y al minuto te los venden como unos despiadados y maquiavélicos confabuladores que buscan alterar el orden mundial mientras toman una taza de cacao en una cafetería donde se permite que sus empleados improvisen sesiones de tarot como si fuese la cosa más normal del mundo.

Por otro lado, si tuviera que decir cuál es la mayor virtud de la serie, seguramente diría que el retrato que hace de la nueva generación, una generación que ha crecido en un mundo global e interconectado lleno de información a la que otros no tuvimos acceso –o no tan pronto–, pero en el que sus errores y pecados se registran en vídeo y se comparten en tiempo real y a golpe de 4G, en una especie de infierno mediático en el que quedar expuesto supone, forzosamente, la estigmatización social en calidad 1080 en un punto de inflexión existencial lleno de inseguridades en el que cualquier decisión y vivencia puede resultar vital y afectar, para bien o para mal, a toda una vida. Poca broma.

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