‘American Crime’, todo lo que queda del sueño americano

Injustamente olvidada por la mayoría, seguramente penalizada por la total ausencia de coches rápidos, chicas guapas ligeras de ropa y vampiros de cincelados torsos y marcados abdominales, encontramos American Crime, una serie dura, muy cruda y poco apta para débiles de espíritu que aún creen que el mundo es un gran algodón de azúcar en el que el mayor problema que se puede tener es quedarse sin tarifa de datos a mitad de mes. Un verdadero testimonio de una realidad social tan demoledora como sobrecogedora que no dejará indiferente a ningún espectador con un mínimo de empatía y altura moral.

American Crime –no confundir con American Crime Story– escarba entre la mugre de la sociedad estadounidense de forma meticulosa y con gran eficiencia, y deja al descubierto las vergüenzas de ese país todopoderoso que domina el mundo desde mediados del siglo XX y que acostumbra a mostrar una imagen de sí mismo demasiado edulcorada, como si allí las calles estuviesen pavimentadas con oro y todo lo que sucediese dentro de sus fronteras se pudiera solucionar con un pastel de manzana que ha estado toda la tarde enfriándose en el alféizar de una ventana.

A lo largo de sus ya tres temporadas –a día de hoy se está emitiendo la tercera–, en la serie se tratan todo un abanico de temas tan desgarradores como incómodos, tales como la lucha de clases, la desigualdad social, el racismo, la inmigración ilegal, el acoso escolar, la represión de la homosexualidad o la explotación y el abuso de personas cuyo único pecado es aspirar a algo más; y lo hace con un enorme respeto por sus protagonistas y huyendo por completo de la frivolidad, algo que si bien no debería ser un elemento a destacar en un producto que toca temas tan sensibles, se vuelve de obligada mención viendo cómo trafican otros medios con la miseria ajena en pos de las tan ansiadas audiencias.

Sorprende también la propuesta formal, porque, a pesar de que el reparto se repite casi intacto entre las diferentes temporadas –entran unos, salen otros, pero los rostros principales se mantienen–, lo cierto es que cada temporada se reinicia y se presenta como una historia completamente independiente, como si en lugar de una producción televisiva estuviésemos ante una compañía de teatro que va saltando entre obras. Es cierto que esto puede resultar un poco desconcertante de primeras, pero en mi opinión es un movimiento tan arriesgado como acertado, que permite que cada nuevo chute de episodios sea una historia cerrada y bien definida, y que propone más una continuidad de estilo que de argumento. Puede que cada historia sea diferente en cada nueva temporada, sí, pero la atmósfera que se respira es inconfundible y su compromiso innegociable.

Sin duda, American Crime se impone como un ejercicio narrativo sobresaliente de tramas sólidas y complejos personajes a los que dan vida un elenco de intérpretes de primer nivel entre los que destacan los nombres de Timothy Hutton y Felicity Huffman: el primero, ganador del Oscar al mejor actor de reparto por Ordinary People en 1980; la segunda, una de las caras más conocidas y respetadas de la televisión estadounidense, sobre todo a partir de la tan mítica Mujeres desesperadas.

Una verdadera joya de la ficción televisiva que me veo en la obligación de recomendarle a todos aquellos que aún no la hayan visto y que busquen una serie de calidad con la que bucear entre lo peor de la naturaleza humana.

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