Sobre cartas, amor y nostalgia

En nuestra etapa académica solemos estudiar –y más en este campus– la obra de grandes –medianos y pequeños– autores. Normalmente pasamos por ella de una manera superficial, quedándonos solo con lo más importante. Intuimos, por tanto, conocer la ideología de un autor por las ideas u opiniones que plasma en sus obras, sin pararnos a pensar si son suyas o del personaje que las expresa. Intuimos conocer sus gustos o preferencias sin pararnos a pensar que pueden ser parte de la ficción literaria. Intuimos conocer los sentimientos que ha vivido un autor por la profundidad de los sentimientos que otorga a sus personajes, sin pensar que son solo eso, sentimientos en personajes. Nos conformamos con saber cómo eran –o cómo nos dicen que eran– Góngora o Becquer, sacando superficiales conclusiones de lo que creemos que quieren expresar con su rima, o haciendo nuestras las creencias que los expertos difunden.

Para mí, la parte más importante de la obra de un autor es aquella que no se edita, que se guarda para la propia persona o se comparte con un selecto grupo. Es por esa pequeña parte de la producción de un autor por la que debemos conocerle y no por su opera prima, pues es lo inédito lo que más fantasmas y sombras oculta. Es, la parte inédita de la producción de un escritor, aquella de la que más conclusiones se pueden extraer. Me refiero a los diarios, las cartas, los blocs de notas…, y por qué no, a los post-it en la nevera o a las frases escritas en el vaho de los cristales.

No hace muchos años, la única forma de acceder a esta producción privada era comprando la correspondencia o los manuscritos del autor, por tanto, eras, como único comprador, el dueño de un pequeño tesoro que escondía la verdad sobre el artista. Pero desde hace algún tiempo se ha ido viendo tirón comercial –o boom editorial– en la publicación de esta parte inédita de la obra de un autor –la que es conservada, aunque sea en fragmentos, ya que gran parte de los autores tendían a quemarla para que no fuera publicada posteriormente–. Por tanto, los recuerdos, secretos, sueños, confesiones, pasiones y miedos del autor están al alcance de todos. Hablo de sus epistolarios. Pedazos de intimidad compartida que arrojan luz sobre su ideología, gustos, relaciones, inquietudes…

Es precisamente en esos epistolarios donde podemos encontrar a los autores sin censura, al desnudo, despojados de toda apariencia. Obras que nos dejan frases para el recuerdo tan válidas como el “ser o no ser” y de las que hoy os traigo una pequeña selección.

Emilia Pardo Bazán nos hace viajar entre los complejos entresijos de la amistad y el amor en Miquiño mío, un epistolario que recoge, sin ningún rubor, las palabras que durante toda su vida dedicó a Galdós, de entre las que destacan frases como “en cuanto yo te coja, no queda rastro del gran hombre”. Menos erótico y más pasional es el epistolario Cartas a Germaine, una recopilación de las más de ochocientas cartas que el joven Guillén escribió a su mujer, a la que le dedica sus más profundas reflexiones a la par que comparte con ella sus vivencias con sus compañeros del Grupo Poético del 27; dejándonos, por tanto, no solo ver su lado más sentimental sino profundizar en los lazos que existían entre los grandes poetas que protagonizaron el panorama literario de aquella época. No fue Guillén el único que dejó constancia de sus más sinceros sentimientos en papel y Cartas de amor a Margarita¸ de Pedro Salinas, es la prueba ferviente de ello. Precisamente entre los autores del Grupo Poético del 27 se observa la gran importancia que se le daba a este tipo de comunicación, pues la gran mayoría de ellos optó por archivar por orden y remitente todas sus correspondencias, comportamiento gracias al cual ahora poseemos una gran cantidad de información acerca de las relaciones que entre ellos había.

No todos los epistolarios recogen cartas de amor, Correspondencia representa una autobiografía y un análisis exhaustivo, no solo propio, sino también del país, del panorama literario y de las ideologías del momento construida entre Salinas y Guillén a lo largo de toda su vida. Quizá el epistolario que más luces arroja sobre la verdadera personalidad de su autor sea Puedo contar contigo, que recoge las escalofriantes cartas intercambiadas entre Carmen Laforet, galardonada con el premio Nadal en 1945 con Nada, y J. Sender durante diez años. En Puedo contar contigo nos encontramos frente a frente con dos autores que, aunque parecen no tener nada en común, comparten un sentimiento que les une: el de la soledad. Sender confiesa a Laforet sus ansias por volver a España mientras que ella le transmite su gris interpretación de la nación. No solo vemos el nacimiento y la evolución de una amistad entre ambos, sino la evolución de Carmen como escritora y el giro radical que da su vida tras distanciarse de su marido.

El último epistolario que os traigo hoy es 84 Charing Cross Road, una obra deliciosa que recoge la correspondencia que la protagonista se intercambia a lo largo de toda su vida con un librero londinense al que encomienda la misión de encontrar libros poco comunes y con el que acaba estableciendo una relación casi amorosa. Este epistolario, a pesar de tener una esencia real, no reproduce fielmente la realidad, por lo que es, de todos los que he citado, el único que podemos catalogar como ficción.

Sea como fuere, estamos aquí para forjar nuestro pensamiento crítico, así que os insto a leer las intimidades de los grandes autores y crear vuestras propias opiniones sobre ellos, pero, sobre todo, a que escribáis cartas. Recuperemos la magia de las cartas. Porque seámonos sinceros, un email no emocionará nunca como en su día emocionaron las cartas. Los emails no llevan colonia, ni se aprecia la rabia o la delicadeza con la que han sido escritas sus palabras. Los emails no abrazan, ni los abrazas. Se ha perdido el gusto por la delicadeza y ya nadie aprecia el largo y minucioso trabajo en que consistía enviar una carta. La gran cantidad de veces que la leías antes de atreverte a contestarla, el cuidado que ponías en hacerlo, el ímpetu con el que la enviabas al servicio postal, y la euforia que sentías ante un sobre sellado con el remite de esa persona especial. Por aquel entonces las emociones no se escondían tras un cobarde e insípido emoticono, se reflexionaba sobre los sentimientos, se llegaba hasta el fondo, se plasmaban en el papel, se tachaban, se reescribían, se tachaban… hasta que se tuviera la certeza de haber dado con la clave. La velocidad a la que se escribe un email en esta época en la que nunca hay tiempo para ir despacio jamás provocará las emociones que provocaron las cartas; las lágrimas que emborronaron un folio jamás emborronarán un email.

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