De la hipersexualidad al lienzo

“Célebre pintor del siglo XX y gran obseso sexual”, así definen los expertos a Gustav Klimt, el famoso pintor austríaco autor de la obra simbolista El beso y fuertemente influenciado por los pensamientos del filósofo Sigmund Freud, tan dominantes en la época.

La historia cuenta que Klimt, durante el corto período de su vida, sufrió una considerable obsesión por los cuerpos desnudos y la sexualidad femenina, derivada de la afinidad con Freud, quien también era sátiro, además de adicto a la cocaína. Tal era esta, que por su extravagante taller, es decir, su casa de una sola planta rodeada por un enorme jardín con plantas silvestres, campaban a sus anchas mujeres completamente desnudas, tanto en la noche como en la mañana. Era su manera de crear. En aquel estudio él las retrataba en todos sus aspectos y edades, tanto jóvenes como ancianas, e incluso embarazadas. También se daba la inclusión de un hombre en la obra, aunque este hecho se daba en contadas ocasiones y solían ser autorretratos. Algo más frecuente en la pictórica de Klimt era la aparición de relaciones homosexuales entre mujeres o la representación de una fémina masturbándose.

Sus preferencias a la hora de escoger modelo para sus obras eran mujeres pelirrojas (esto puede apreciarse en obras tales como Danae o Peces dorados) pertenecientes a la burguesía de Viena, aunque se dice que su gran musa e inspiración fue Emilie Floge, diseñadora de moda en la capital austriaca. Klimt mantuvo una gran amistad con Emilie, con quien nunca se casó, a pesar de mantener un romance extramatrimonial de 27 años de duración. Floge parece ser la modelo femenina en su obra El beso, donde la figura masculina parece ser un autorretrato del propio artista, simbolizando de este modo la unión de ese amor imposible.

El beso, inicialmente bautizado como Los amantes, fue realizada en el período de decadencia de Gustav Klimt, quien, después de haber realizado, allá por la primera década del siglo XX, las pinturas del techo de la Universidad de Viena, fue desprestigiado por la sociedad, tachando sus obras de “pornográficas”. Esto hirió gravemente su reputación, siendo esta su última obra.

Este óleo sobre lienzo, considerado hoy en día como patrimonio de la nación, es el resultado de una de las obsesiones del artista: el deseo de plasmar sobre lienzo el abrazo humano.

En ella observamos un hombre besando la mejilla de una mujer. Es destacable entre críticos el aspecto de dominación del hombre en la obra, defendida por las posturas hieráticas de manos y pies de la mujer, sin embargo, si nos fijamos mejor, la mujer se muestra en una postura dominante, mucho más grande en proporción que el hombre, siendo casi de la misma altura aún estando de rodillas sobre un prado lleno de flores. El hombre, cuyo rostro apenas se muestra, correspondería con el del propio artista (como se mencionó anteriormente), aparece vistiendo un manto amarillo formado a través de formas geométricas; mientras que, el de la mujer está compuesto a partir de flores con inclusión de figuras geométricas, para simbolizar ese sentimiento de fusión entre los amantes.

Los más entendidos sostienen que la relación entre Klimt y el jardín que rodeaba su casa servía como premisa para el estudio de las diferentes especies de flores y plantas en sus distintas etapas de crecimiento, para su posterior aplicación en sus obras (como en el manto de la mujer y en el prado, en este caso).

Fue vendida antes de su finalización al Museo Belvedre, más conocido como el Österreichische Galerie Belvedere de Viena, por unas 25.000 coronas (unos 224.000€), convirtiéndose en la obra austriaca mejor pagada. Una tasación realizada en 2006 muestra que el precio actual de la obra ronda los 126 millones, considerándose en la actualidad como una de las obras más caras de la historia del arte.

Fue además acuñada en el año 2003 una moneda conmemorativa de 100€ en la que aparecían en el reverso y anverso unos grabados, tanto de la imagen de Klimt pintando en su taller como la obra El beso en sí.

Tal excentricidad rodeaba al artista que incluso el célebre Rodin visitó su estudio vienés. Allí, fascinado por cuanto le rodeaba, se arrodilló ante Gustav Klimt y le dijo: “Nunca había sentido nada parecido a lo que siento aquí. Vuestro fresco de Beethoven, tan trágico y tan feliz al mismo tiempo; vuestra grandiosa exposición, inolvidable; y ahora, este jardín, estas mujeres, esta música… Y alrededor de usted y en usted mismo, esta alegría feliz e inocente. ¿Qué puede ser?”. Klimt, con gran fijación, se giró y espetó con una palabra: “Austria”.

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