Infancias atragantadas

La infancia es un cuchillo clavado en la garganta.

Existe una diferencia fundamental entre la situación actual del teatro y la novela: la segunda ha conseguido deshacerse del peso de sus clásicos, hasta el punto de que Arturo Pérez-Reverte puede resultar más conocido que Emilia Pardo Bazán. Sin embargo, no ocurre lo mismo en el teatro, donde los nombres de Calderón, Lope o Shakespeare alejan de nosotros a dramaturgos con voces igual de potentes. Este es el caso de Wajdi Mouawad quien, a sus 34 años de edad, publica y estrena en 2003 Incendios, la tercera obra de su tetralogía La sangre de las promesas.

Leer esta obra es lo mismo que leer una fraseología compuesta por las verdades más absolutas de la existencia del ser humano. Cada intervención, cada llanto y cada súplica de los personajes se graban a fuego en la piel y en la memoria del lector. Todo ello narrando la historia de Nawal, una joven de 14 años que, en una época atravesada por la guerra, da a luz a un niño que le será arrebatado. No obstante, no olvidará nunca su promesa: amarlo eternamente. Por ello, iniciará una incansable búsqueda que la llevará a observar lo mejor y peor de la condición humana.

Cuando, muchos años después, acaba encontrando a su hijo, descubrirá que tanto amor como odio pueden caminar juntos, lo que la sumirá en un absoluto silencio durante los últimos cinco años de su vida. Tras su muerte, su testamento arrastrará a sus dos hijos gemelos, Jeanne y Simon, a emprender la misma búsqueda que a ella le había costado la voz: la de un padre que creían muerto y la de un hermano cuya existencia desconocían.

Con la lectura de este testamento se abre Incendios, una perfecta adaptación de la tragedia clásica al teatro contemporáneo. Los gemelos iniciarán un viaje en el que descubrirán la importancia –y el peligro– de los orígenes, así como la influencia que estos tienen en nuestro transcurso vital. En su periplo por un desconocido país árabe devastado por la guerra, Jeanne y Simon tendrán que cumplir la promesa que su madre no pudo: romper el hilo, acabar con la ira en la que había vivido toda su estirpe e, incluso, todo su pueblo.

El fascinante argumento viene acompañado por un texto maravilloso que, en ocasiones, parece lírico. Resulta complicado buscar algún parlamento que destaque con respecto al resto y, sin embargo, la crítica a la inutilidad de la guerra en el tercer acto y la carta que cierra la obra siguen todavía resonando en mi cabeza.

Asimismo, la tragedia de Mouawad también sorprende por sus recursos. La ruptura espacial y temporal da lugar a escenas tan magníficas como aquella en la que Simon, devastado y perdido, habla con su madre fallecida suplicando, entre llantos, ayuda. El dramaturgo emplea un lenguaje que se acerca al cinematográfico, lo que explicaría por qué Dennis Villeneuve fue capaz de realizar una adaptación tan maravillosa de esta obra en su película Incendies.

Imagen: Madrid es Teatro

No obstante, si tanto el texto como la película son conmovedoras, nada resulta tan sobrecogedor como la representación llevada a cabo por el Teatro Abadía este pasado fin de semana en Avilés y Gijón. Mario Gas, en una dirección sobria y efectiva, dispone un escenario sencillo. Realizando cambios mínimos, consigue representar escenas complejas e impactantes, permitiendo que tres personajes en dos épocas distintas narren simultáneamente un espantoso ejemplo de la crueldad de la guerra.

No obstante, todo esto resulta secundario cuando, incluso desde una esquina mal iluminada, Núria Espert entra en escena. La naturalidad y tranquilidad que sus 81 años otorgan a sus fantásticas pero escasas intervenciones hacen que la recién Premio Princesa de Asturias de las Artes se convierta en el elemento central de toda la obra. Y se nota, se nota en cómo se acallan las toses cuando habla o en cómo suspira el patio cuando llora.

Se trata de una obra larga, tres horas de representación con un breve descanso que, sin embargo, se me hacen cortas. Cuando finaliza y se encienden las luces me cuesta volver a la realidad pues mi mente sigue vagando por aquel desconocido país de Oriente, intentando comprender cómo es posible que amor, odio y perdón puedan convertirse en un único concepto. De todos modos, y varias horas después, todavía sigo teniendo el mismo pensamiento: en mitad del escenario y vestida de negro, Espert se enfrenta a su mayor horror, repitiendo, una y otra vez, “ahora que estamos juntos todo va mejor”.

Hay verdades que no pueden revelarse más que a condición de que sean descubiertas.

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