Algo huele a podrido en Springfield

Abandonad toda esperanza, mis queridos amigos, pues desde hace años queda patente que el 742 de Evergreen Terrace es hoy por hoy una tierra yerma y el camposanto de lo que un día fue la mejor serie de la televisión.

La familia Simpson ni está ni se la espera, esa es la triste realidad, y es por ello que quiero analizar, con toda la humildad de la que puedo hacer acopio, algunos de los factores que con los años han ido transformando a la serie que en tantas ocasiones me ha hecho reír, en esa otra que emiten desde hace ya demasiado tiempo y que a veces me da ganas de arrojarme al primer autobús que pase ante mí.

Tramas irreconocibles

Una de las mayores virtudes que mostraban los guionistas de Los Simpson era esa capacidad que tenían para hacer interesantes las historias más cotidianas de la vida diaria de una “típica” familia americana. Evidentemente había licencias y algunas idas de olla, pero la sustancia de cada capítulo le ponía un trasfondo de lo más común y “vulgar”. Ahora, en cambio, da la sensación de que incluso hagan competiciones por ver quién es capaz de escribir la historia más burda, rocambolesca y absurda que se les pueda ocurrir. Así no, Matt, así no.

Pérdida de identidad

Otro elemento que se echa en falta, y mucho, es esa velada acidez con la que la serie criticaba a la sociedad moderna en general, y a la americana en particular. Puede que siga habiendo algo de eso, pero ni de lejos demuestran la misma inteligencia ni la elegancia de las primeras temporadas. Lo más probable es que en este punto haya influido mucho la llegada de la serie Padre de familia, que en un principio le disputó buena parte de la audiencia a los habitantes de Springfield, lo que hizo que Los Simpson tratase de modernizarse de cara a las nuevas generaciones, ya que parecían estar en mejor sintonía con las aventuras de Peter Griffin que con las de Homer.

Los detalles marcaban la diferencia

Notas mentales, paródicas programaciones televisivas marca de la casa, introducciones ingeniosas, alusiones y homenajes cinematográficos y varios elementos adicionales de menor calado que, por algún motivo que desconozco, han desaparecido casi por completo del habitual desarrollo de la serie. Personalmente creo que ha sido negativo por dos razones: la primera porque ese tipo de detalles ayudaron durante años a crear un folklore con el que al final la gente se identificó y que le daba calidez y cercanía a la serie; la segunda, porque añadían pequeños golpes humorísticos que hacían que mantuvieras la sonrisa durante todo el capítulo. Nada que ver con lo de ahora.

Secundarios venidos a menos

Aunque el grueso de la serie lo protagonizaban –y protagonizan– Homer, Marge, Bart, Lisa y Maggie, Los Simpson nunca podrían haber sido lo que fueron sin la ayuda de todo el elenco de personajes que los rodeaban. Es más, mucha gente defendía que su personaje favorito no era un miembro de la familia Simpson, sino secundarios como el Jefe Wiggum, Montgomery Burns, Seymour Skinner o cualquiera de los otros personajes. A día de hoy cada vez veo más sobadas las intervenciones de unos personajes que han degenerado en algo completamente diferente a lo que eran, y apenas da la sensación de que aporten nada al resultado.

Homer J. Simpson… ¿Quién?

Al igual que los secundarios, también los miembros de la familia Simpson han dado un giro en su manera de obrar pero, sin ninguna duda, el personaje que más ha sufrido esa falta de fidelidad con las primeras temporadas es, de largo, Homer Simpson. No sé quién tuvo la brillante idea de transformar al extremadamente imperfecto ser humano que era Homer Simpson, en el bufón incoherente que es ahora, pero ese ha sido, en mi opinión, el factor que más daño le ha hecho a la serie. Homer era patrimonio de la humanidad, y hoy en día es un personajillo vacío y sin gracia. Antes era odiosamente gracioso, ahora tan solo lo odias.

Puede que algunos piensen que todo lo aquí arrojado no sean más que los desvaríos de alguien que añora un tiempo que él cree mejor, pero puedo jurar que estas palabras no son fruto de la decepción ni de la inquina, todo lo contrario, si las escribo es solo por la enorme admiración y gratitud que siento por una serie verdaderamente irrepetible, y por la tristeza que me provoca el ver cómo la implacable maquinaria comercial de Hollywood deforma su esencia más y más a cada año que pasa simplemente por no hacer mudanza en su costumbre en eso de ir “a lo de la pasta” –sí, lo mismo que dijo Homer en aquel maravilloso capítulo en el que acabaría por convertirse en el mejor conductor de monotrastos de la historia–.

Sea como sea, supongo que a todos nos toca asumir que los tiempos cambian, y que en ello va implícita la certeza de que nuestros héroes también han de cambiar con ellos.

Joróbate, Flanders. Joróbate, Flanders. Joróbate, Flanders.

Bon appetit.

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Un comentario en “Algo huele a podrido en Springfield

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