Raúl Vacas Polo: «Sin poesía, una sociedad es mediocre…»

Nacido en Salamanca, en 1971, licenciado en Ciencias de la Información y Diplomado en Educación Social, se conoce del autor la intensa labor que ha venido desempeñando en el campo de la edición, animación y gestión cultural, así como la colaboración en varios de los campos que abarcan aquello que llamamos medios de comunicación. Hoy, sin embargo, tras haber dejado que orientemos sobre él una mirada más atenta, Raúl Vacas Polo nos ofrece adentrarnos en los recovecos de su faceta más cercana y seguir alguna pista sobre el prisma bajo el que vive su voz poética…

¿Cómo define poesía?

Existen tantas definiciones sobre el hecho poético y la poesía como poetas. Coincido con Javier Rodríguez Marcos –poeta y crítico literario– cuando dice que “la poesía es todo lo que se excava y la prosa todo lo que se amontona, aunque eso no quiere decir que haya prosa profunda y poesía del montón”. La poesía, al igual que la radiología, nos muestra nuestro interior, nos ayuda a mirarnos por dentro y desde ahí proyectar nuestro reflejo hacia afuera. Es una forma de estar en el mundo, de relación con uno mismo y con el entorno, una actitud y una aptitud ante la vida, pero también un arma de legítima defensa ­­­–como señala Juan Carlos Mestre– contra la mentira, el poder y la mediocridad.

¿Cómo define su poesía? Pretensiones principales, preocupaciones, estilo…

Mis poemas tienen muchas caras, son una suerte de poliedro cuyas aristas limitan con el humor, el amor, el juego con el lenguaje y la dureza o la belleza de la muerte.

Algunos de mis libros son de iniciación, pensados para primeros lectores de poesía, en su mayoría adolescentes.

Los versos de libros como Consumir preferentemente (Anaya) o Esto y ESO (Edelvives) son una toma de contacto con el agua donde el joven lector aún pueden hacer pie, antes de zambullirse en la vida y en esa zona abisal desconocida para ellos que es su interior. Los adolescentes adolecen de casi todo de ahí esa generosa entrega poética. Para algunos serán, tal vez, una tabla de surf o de salvación, una mirilla para acercarles el mundo, un espejo donde encontrarse a sí mismos. El estilo es en ocasiones desenfadado pero sin rehuir la metáfora o el bricolaje retórico. Muchos se asientan en la libertad que propicia el verso libre, otros son como un software de actualización de los clásicos. Y mucho juego con las palabras y todo cuanto encierran y significan, y un ejercicio de estilo constante que propicia la interacción con el poema. Son los lectores quienes tienen que ordenar, en ocasiones, el discurso, completar los versos mutilados, dar sentido al poema con un cambio sustancial en alguna palabra. Me interesa mucho la participación del lector. No quiero que sea un sujeto pasivo. También hay una invitación a la escritura y a descubrir otras voces poéticas a través de citas o dedicatorias.

 ¿Hay algún mensaje en especial que pudiera decir que subyace en de forma constante en sus versos?

Quizá los temas que afronto. El amor, la muerte y la vida –las tres heridas de las que habla Miguel Hernández en uno de sus poemas- están presentes en casi todos mis libros. La literatura en general, y la poesía en particular, giran en torno a estos tres grandes temas. Quizá la escritura nos ayude a cicatrizar esas heridas, o al menos a desinfectarlas. Hay muchos jóvenes que se extrañan de que escriba tanto a cerca de la muerte. ¿Y por qué no? La profundidad que exige un poema sobre el duelo o el consuelo hace que la miremos de otro modo. Saber que hay un final hace más valioso el trayecto, el camino. Los clásicos ya nos advertían de la fugacidad de la vida y de la necesidad de vivir con intensidad el presente. Yo trato de insistir en las mismas ideas aunque con otra voz y con otro tono.

 ¿Qué ha simbolizado y, simboliza, la poesía en el transcurso de sus días?

La poesía es alianza y es condena, lo sabía muy bien Claudio Rodríguez. Yo me alío con la belleza, con el sentido ético y estético del mundo y las palabras. Me alío con el amor y con la muerte para vivir con más intensidad la vida. El poema es refugio en ocasiones, ese lugar donde estar a salvo del mundo y sus peligros. Es hogar. Pero también es frontera y dolor. Ahí está la condena, cuando el sufrimiento ajeno resuena en uno mismo. Ser en la vida romero, o poeta, significa hacer tuyo el camino, sentir el desgaste propio y el ajeno en cada pisada. El poeta huye de lo mediocre, anida en el silencio para desentrañar cuanto vive. El poeta siente como suyo el devenir de las cosas. Y eso le duele. “No basta con abrir la mirada, hay que abrir lo mirado” nos dice Hugo Mújica en un poema. Y esa labor quirúrgica nos muestra no solo la belleza sino también el sufrimiento. Decía Marjiatta Gottopo: “preguntarme qué es un poema es preguntarme cuándo un poema me salvó y de qué” La salvación nos redime, nos aleja de esa condena constante del que siente a flor de piel.

¿Cómo comenzó todo? Es decir, ¿Recuerda el punto de partida de la trayectoria que ha venido trazando?

Todo empezó en el Instituto. La poesía se colaba en forma de ripios y pareados en nuestras carpetas de clase: “Por ti iría al Polo Norte en pantalón de deporte”. Manejábamos como nadie la hipérbole y el humor. El amor fue el primer sedimento poético. Las palabras iban conformando y abonando el terreno del beso y la caricia. Razón y corazón se mezclaban en la misma palabra  y el mismo deseo. La necesidad de poner palabras a los sentimientos me empujó a escribir un poema que titulé “Pienso en ti”. La destinataria era una hermosa joven del instituto. Ese poema traspasó el folio y la carpeta para caer en las manos del jurado de un concurso organizado por profesores en el instituto donde estudié. Me dieron un segundo premio y ese logro me reportó una pequeña suma que invertí en libros, mis primeros libros pagados de mi bolsillo. Me asomé a la poesía de la mano de Dámaso Alonso, Gabriel Celaya, Rafael Alberti y Blas de Otero. Nada más y nada menos. Ellos activaron mi curiosidad y mi imaginación. Después llegaron otros. Con muchos, incluso, compartí momentos inolvidables: José Hierro, Claudio Rodríguez, Carlos Edmundo de Ory, Félix Grande. Mi primer libro también resultó premiado en otro concurso, este de mayor entidad. Uno de los ejemplares llegó a manos de Mario Benedetti, poeta al que conocí en Salamanca. Aún conservo el correo electrónico que me envió tras leer “Proceso de amor”. Sus palabras fueron para mí el mejor de los estímulos.

 ¿Qué diría a las personas que dicen no leer poesía porque aseguran no comprenderla?

Que su argumento es poco sólido. Hay muchas cosas en esta vida que no comprendemos y no por ello dejamos de vivir. Yo suelo preguntar a quienes hacen ese comentario si viajan en avión. Si la respuesta es afirmativa les pregunto a continuación si saben del funcionamiento del avión, si tienen conocimientos de aeronáutica que les permitan sentirse más seguros en él. ¿Dejaríamos si no es así de viajar? Escuchamos canciones en otros idiomas que a veces no comprendemos pero aun así las sentimos, bailamos y si de verdad nos interesa su mensaje hacemos lo posible por comprenderlo, por traducir las palabras. Lo realmente hermoso de la poesía es tratar de entenderla y esto puede llevarnos mucho tiempo.

 ¿Qué opina sobre la posición de la poesía en la sociedad actual?

La poesía siempre fue para una inmensa minoría. Y así tiene que ser. El poema es un lugar reservado para el valiente, no es lugar –como dice Antonio Gamoneda- donde van a parar los cobardes. La sociedad en general solo entiende de un –ismo, el capitalismo. El resto, y más si es intangible, le interesa poco.

La poesía jugó un papel destacado en muchos momentos de nuestra historia. Llegó a ser incluso un bien de primera necesidad. Ahora hay quien lo concibe como un lujo o como algo exótico. Desde hace tiempo la poesía, y también el teatro, se separaron de lo popular. Hay muy poca voluntad en colegios, institutos y universidades para el trabajo con estas dos herramientas necesarias e imprescindibles. El router poético de este país dejó de funcionar con la guerra civil que castigó y mató a grandes poetas. Desde entonces la deriva hacia lo prosaico es cada vez mayor. Sin poesía una sociedad es mediocre. Yo, como los Chicos del Maíz, exclamo: ¡antes muerto que mediocre!

 ¿Las redes sociales y la comunicación han contribuido a la difusión de la buena literatura?

Las redes sociales son un arma de doble filo. Acercan y alejan el mensaje, lo distorsionan, lo minimizan.

Internet es una gran herramienta si se usa de forma eficaz. Permite conocer otras latitudes poéticas, tener el poema en la pantalla con un solo clic. Pero también son fuentes de problemas: la rapidez de los mensajes (muchos de ellos superficiales), la impaciencia por la réplica y el acuse de recibo. La degradación moral y el insulto escudados en el anonimato son el pan nuestro de cada día en los comentarios de las noticias que nos ofrecen los medios digitales. Hay mucho francotirador con las palabras suelto. Cada vez es más infrecuente leer una discusión sosegada en una red social o en los comentarios de los artículos. Parece que se estila entrar sin calibrar el efecto en el barro del insulto.

Yo no estigmatizo el avance de la tecnología, lo que sí echo en falta son manuales de instrucciones –como los de Cortázar- para actuar con cabeza y sentido común y ser responsables en su uso.

Y qué decir del libro. A pesar de los augurios que señalaban su inmediato apocalipsis tienen cuerda para rato. Y eso a pesar de la falta de vocaciones lectoras y de las trampas del mercado. Muchos somos conscientes de lo que reporta la lectura crítica y selectiva, sabemos de los efectos secundarios que tiene un buen libro. No hace mucho leí en las paredes de un instituto una frase que comparto: “Leer me da sueños”.

 ¿Qué opina sobre el fenómeno del “todo vale” del que tanto se está escuchando hablar a las voces más academicistas?

No todo vale. Hay que aprender a separar el grano del trigo. Escribir un poema no te convierte en poeta. No es una cuestión de número sino de calidad e intención. Hay quien se sirve de la poesía para buscar un estatus o un reconocimiento social. Hay quien escribe por moda o por pose. La poesía es una carrera de fondo y algunos con buenos inicios abandonan el camino. Hay ideas muy equivocadas con relación a la poesía. ¿Basta con rimar en diminutivos para ofrecer a un niño un buen poema? No. Nada tiene que ver un buen poeta con un “juntapalabras”. Un poema no es un texto en prosa repartido en versos. Un poema exige ciertas normas, por pequeñas que sean.

No hago caso a academicistas ni a críticos pero tampoco a las modas y a los superventas. Considero a Dylan mejor poeta que muchos de los que se consideran tales. Hay mucho impostor en la poesía. Y mucha gente sencilla que es poeta sin saberlo. Me interesa mucho la voz de la mujer en la poesía. Esa voz que se reclama ahora con más fuerza que nunca y que pide paso, respeto, consideración.

¿Qué consejo daría a las personas que sienten la inseguridad de los comienzos en el mundo de la escritura?

Que trabajen, que sientan curiosidad por todo, que lean, que escuchen a sus escritores de referencia, que no tengan prisa por publicar, que sean muy críticos con su trabajo, que crean en el oficio, que no se fíen de las musas y de la inspiración, que busquen un camino, que tomen distancia de las modas y los oportunismos, que sean coherentes con sus palabras, que las defiendan en un cuerpo a cuerpo, que se preocupen por acompañar al poema, que siembren, que visiten colegios e institutos para compartir su trabajo con niños y jóvenes, que sean permeables a la crítica ajena, que se dejen aconsejar, que sean humildes, que se impongan retos, que labren el verso como un buen hortelano, que vivan, que sientan, que amen, que mueran con palabras o sin ellas.

Foto: Raquel Ramírez Arellano
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