Imagen: Pixar

‘Borrowed Time’ (o la sempiterna búsqueda del perdón)

El tiempo es un elemento fundamental en la vida del ser humano. Evidencia de ello es la presencia que ha tenido siempre en las disciplinas artísticas o científicas. Dentro del arte nos hemos encontrado con teorías que defendían la linealidad, circularidad y otras diversas formas del tiempo. La ciencia, a su vez, ha planteado y demostrado su relatividad llegando, incluso, a afirmar que el tiempo no existe. Argumentos que resultaron, y todavía resultan, irrisorios para todos aquellos que somos analfabetos en el lenguaje físico.

Las personas no estamos preparadas para afirmaciones tan rotundas que tambaleen los cimientos de nuestra existencia (probablemente, lo mismo pensasen los acérrimos defensores de la planicidad terrestre; aquellos del “a partir de aquí, monstruos”) ¿Cómo no va a existir el tiempo? ¿Qué pensarían Góngora o Quevedo, instauradores en el Barroco del temor a su inalienable paso? Carpe diem, tempus fugit. Tópicos como aquellos reinaron nuestra vida desde que fueron planteados: “¡corre, el tiempo vuela!”, “el tiempo es oro, no lo malgastes”.

Hace relativamente poco tiempo, Christopher Nolan ya consiguió acercarnos a aquella concepción de la relatividad en Interstellar (en tres horas también relativas, valga la redundancia). No obstante Pixar, en su último corto, sólo necesitó un reloj que se para y que vuelve a arrancar numerosos años después para hacernos reflexionar sobre el tiempo. Aunque esta vez se hace desde un punto de vista más humano y menos teórico que la ciencia ficción de Nolan.

El cortometraje Borrowed Time, de los jóvenes directores Lou Hamou-Lhadj y Andrew Coats, analiza el tiempo desde una nueva perspectiva. La animación se centra en aquellos momentos de nuestra vida en los que, por situaciones inciertas y normalmente trágicas, el tiempo se detiene o, más bien, se nos toma prestado. Nuestra vida continúa su progreso pero nosotros seguimos atascados en aquel momento, esperando que se nos devuelva nuestro bien más preciado. Esperando poder seguir adelante.

Sin embargo, el tiempo no será el único elemento clave de este corto que tanto se aleja del público infantil habitual de la productora de animación. En los primeros planos, los directores nos presentan al sheriff de algún pequeño poblado norteamericano del s. XIX. A través de una maravillosa animación, vemos la cara demacrada de un personaje que parece no ser capaz de vivir en paz. Ante él, se abre un pequeño camino que culmina en un precipicio.

Con cada paso que da hacia el final del sendero, los recuerdos tortuosos de un terrible episodio de su vida ocurrido en ese lugar comienzan a atacarle. En el momento en el que el dolor resulta insoportable, el sheriff se derrumba. Nos convertimos en los testigos de una historia de sufrimiento y de culpabilidad. Un argumento que, de no ser por un pequeño detalle final esperanzador, nos dejaría sumidos en la más profunda tristeza.

Borrowed 02
Imagen: Pixar

El lenguaje empleado por los directores es maravilloso; y las transiciones, en los momentos más fundamentales de la historia, fantásticas. La calidad aumenta, todavía más, si se tiene en cuenta que fue creado a lo largo de cinco años durante los ratos libres de ambos animadores. Especialmente, es de agradecer la ausencia de sentimentalismo: el corto emociona por sus ausencias, por los silencios que nos cuentan un mundo. Ni la música ni los personajes pretenden buscar nuestro llanto, lo que lo hace todavía más impactante.

Si algo echo de menos, es el final. Lo que está siendo una obra perfectamente construida, parece que se queda coja en el último momento. Un pequeño empujón, un minuto más, tal vez, es lo que le hubiese faltado a Borrowed Time para convertirse en una obra perfecta. Resulta difícil creer que la situación se haya podido solucionar de una manera tan “simple”. Lo digo entre comillas pues en este corto nada es simple.

De todos modos, Pixar ha vuelto a hacer aquello a lo que ya está acostumbrada: sorprender y emocionar pero, esta vez, con una historia más madura y amarga. A lo largo de los siete minutos que dura el corto, soy capaz de sentir todo lo que siente el protagonista: aburrimiento, miedo, tristeza, horror, desesperación y, en cierto modo, alivio. Un aluvión de sentimientos que se ve interrumpido súbitamente con la entrada de los créditos finales. Lo único que puedo hacer tras apagar el ordenador es recuperar el tiempo que los directores me tomaron prestado a lo largo del corto mientras, en mi mente, escucho una y otra vez el triste llanto de Hurt de Johnny Cash.

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