Cópialos suavemente

(Reflexiones sobre el valor del arte)

Entran en el estudio de Picasso un antiguo comprador del mismo con un cuadro de otra época de Pablo y un posible comprador del susodicho óleo. Su única intención es cerciorarse de que el lienzo es auténtico, pero cuando le preguntan a Pablo por la autoría del cuadro, dice (pese a que lo fuera) que no es suyo, alegando que, en ocasiones, ni siquiera él pinta Picassos. Esta es sin duda la reflexión que me lleva a escribir este artículo.

A veces, Picasso no pinta Picassos.

Esto me lleva directamente a plantearme que, si realmente Picasso puede pintar obras que no son Picassos, ¿puede pintar obras que pertenezcan a otros autores?

Vamos a poner un supuesto. Solo con el afán de enaltecer su figura, volveré con mi amado Pablo Ruiz Picasso. Pongamos que el malagueño pinta tres obras. En todas estas pinturas plasmará, de una manera estrictamente fiel, a su colega y tocayo Pedro Pablo Rubens. No solo imitará su técnica, sino también su estilo; utilizará idénticamente los mismos materiales, el mismo formato, la misma temática… en resumen, durante el tiempo en el que Pablo pinta los tres lienzos se transforma en el pintor barroco.

Para continuar el ejemplo, pongamos que los tres cuadros los pinta siguiendo un tema que ya en su día escogió el flamenco: el valiente Jorge matando al dragón. Así pues, Picasso pinta tres versiones del mismo tema, pero no hace una interpretación cubista del momento, no recurre a ninguna de sus etapas, no. Escoge cada instante como si lo hubiera pintado Rubens, cada pincelada como si la hubiera dado el alemán y no él mismo y crea tres perfectas obras al estilo del barroco, como si lo hubiera pintado el mismo Pedro Pablo. Finalizadas las obras, firma cada óleo de una manera diferente: uno con su propia firma, otro con la de Rubens y otro queda sin firmar. Tenemos, en conclusión, cuatro obras, la anónima, la firmada (y pintada) por Picasso, la firmada (pero no pintada) por Rubens y la original de Rubens.

Traduciré el ejemplo a otro campo para hacer de él algo interdisciplinar. Imaginemos que Camilo José Cela escribe tres obras esperpénticas, dejando una anónima, firmando en otra como Valle-Inclán y en otra como él mismo.

Planteado el ejemplo, haré la pregunta :

¿Cúal sería en cada caso el valor histórico y artístico de cada una de las obras? ¿Hasta dónde llega el valor de las imitaciones y las falsificaciones?

Con la finalidad de arrojar algo de luz a la situación cuento lo siguiente: En 1771 aparece enterrada en Nápoles la Cabeza de Dionisios, dios griego del vino. Durante mucho tiempo se pensó que la cabeza era origen griego, pero a día de hoy se conoce que la obra no es más que una copia romana del S.V d.C. de una escultura de Fidias. Está claro que la intención del escultor romano no era engañar a nadie, pero también que cuando los expertos consideraron que la pieza era griega, se admiró durante mucho tiempo como si lo fuera. Y se le dio el valor artístico e histórico de un original griego y no de una copia romana. El valor de la escultura es indiscutible, pero no es el mismo en los dos casos.

Empezaremos analizando el valor del óleo original de Rubens. Es innegable el valor artístico de la obra. Pedro Pablo es capaz de plasmar a la perfección las necesidades de la sociedad de finales del S.XVI y principios del S. XVII. Que no se nos olvide que el arte es un reflejo de la historia, que no suele triunfar el adelantado, todo lo contrario, triunfa el que sabe adaptarse a su tiempo. Lo que quiere decir que esta obra no carece de valor histórico, todo lo contrario, es capaz de hablarnos de una sociedad que necesita de la teatralidad, del dinamismo, del movimiento. Me gustaría recordar que de todas formas Rubens no pintaba íntegramente sus cuadros, él daba en muchas ocasiones los últimos retoques, lo que nos impide distinguir qué pinceladas las dio él y no  alguno de sus alumnos. Es por esto que en muchas subastas con sus obras se aplican términos como “atribuido a” o “perteneciente a la escuela de”. Sin embargo, esto no hace de sus obras más baratas, ni rebaja en ningún caso el valor histórico o artístico de los cuadros.

Podríamos decir, en resumen, que tanto el valor artístico como el histórico son absolutos. Rubens fue un hombre que vivió y representó perfectamente su época. Pero, para mí, la disyuntiva de todo esto está entre el artista y el estilo. ¿Es el artista el que precede al estilo? ¿Se necesita vivir la época para participar plenamente en un estilo? Respecto a la primera pregunta está claro que es Rubens el claro predecesor de su estilo, uno de sus máximos representantes e influyente en cientos de artistas ulteriores que crearían a su vez diferentes estilos. La segunda cuestión es más complicada. Se podría decir que no se tendría ningún problema en pintar como un barroco en el S.XXI, pero, si no aportas ningún avance, nunca serás significativo para la historia del arte.

Pasemos a las versiones apócrifas de San Jorge y el dragón. Empezaré por la que conserva su anonimato. Pintado por uno de los artistas más importantes del S.XX, las características formales de la obra han de ser tan valoradas como las del flamenco. Es indiscutible el manejo sublime sobre el pincel del malagueño. Pero hemos de considerar un factor importante: en un principio solo conoceríamos su estilo, no su autor. Considerando solamente esto podríamos decir que sigue teniendo una importancia capital dentro de la historia del arte por los mismos motivos que el original, representa las necesidades de la época, es fruto de la historia. Pero ahora tengamos en cuenta que se pinta a posteriori, cuando la influencia del barroco sobre el arte ya es patente. Esto convertiría a la obra seguramente en un portento formal, es decir, los colores bien empleados, la técnica utilizada de una manera magistral, una buena perspectiva, etc. Pero libraría a la obra de cualquier peso dentro de la historia del arte.

Con el San Jorge firmado por Picasso pasaría algo similar, el valor formal sería increíble, el peso histórico poco y, su gran diferencia con el anónimo sería que seguramente el cuadro tuviera más prestigio por la firma que por su aportación a la historia del arte. Me basaré en el ejemplo de Pierre-Auguste Renoir. Durante gran parte de su carrera él es uno de los pintores más importantes e influyentes de impresionismo, durante esa etapa aporta mucho a la historia del arte. Sus aportaciones se vieron truncadas por su viaje a Italia, donde descubre a los grandes pintores renacentistas, en especial a Raphael. Desde ese mismo punto, él empieza a pintar como Raphael, solo que firmando como Renoir. Esa etapa es valorada como un alarde técnico y su valor reside en que el autor fue uno de los impresionistas más famosos, no uno de los grandes pintores renacentistas. Esto hace que sus pinturas no supongan un avance para la historia del arte. Lo mismo le pasaría al San Jorge de Picasso.

Por ultimo tendríamos un San Jorge pintado por Picasso pero firmado como Rubens. En definitiva, una falsificación. A mi modo de ver hay dos maneras de falsificar: reproduciendo exactamente el mismo cuadro, en el mismo tamaño y vendiéndolo como parte de la obra del autor o reproduciendo únicamente su estilo, es decir “a la manera de”, para que no existan dos copias iguales de la misma obra. En este caso se trataría de la segunda manera. Hay que considerar argumentos a favor de la falsificación. Elmyr de Hory (para el que no lo sepa, se dice que el mayor falsificador de la historia del arte) defendía la falsificación como un arte, pero hay que considerar que lo hizo todo para burlarse de la crítica que en un principio le rechazó. A mi modo de ver, la falsificación no deja de ser una manera de aumentar (falsamente, valga la redundancia) las producciones artísticas de muchos autores sin que esas obras aporten realmente nada a la historia. Respecto al valor de nuestro San Jorge, todo dependería de la opinión de un experto que podría, perfectamente, no acertar en si es o no es un Rubens auténtico.

Otro de los problemas de la falsificación es que, si el autor que se está imitando lleva muerto poco tiempo y no se pueden validar sus obras, algún falsificador podría desvirtuar su imagen e influir en el desarrollo posterior del arte.

Sobre el papel esto es muy válido, pero en las prácticas de campo los corazones de mucha gente han caído en las garras de la codicia. Lo que provoca que muchos se vean tentados a falsificar. Incluso los grandes autores (Miguel Ángel Buonarroti admite haber vendido alguna de sus esculturas como griega) reconocen haber introducido ciertos gazapos. No me quiero plantear la cantidad de arte falso que admiramos por culpa del fallo de un experto y de algún marchante y un buen artista con poca moral.

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